Es tarde en Spring. El frío se pasea entre el césped recién cortado, pasa de largo por el columpio quieto, por encima de los mosaicos del sendero del jardín y se estampa con la pared de ladrillo que divide el interior de la casa donde Lili y su esposo, Robert, atizan la chimenea. Parece una tarde cualquiera, pero no lo es.
En unos cuantos días, ella… ¡se autodeportará!
Avanza despacio entre las estancias, alargando el trayecto por las habitaciones donde acumula cosas que ya no verá más: ropa, fotos, el jardín, sus plantas, la puerta de madera y vitral, las calles que durante años llamó hogar durante los 42 de sus 45 años que vivió en Texas.
A ratos se visualiza bailando entre los danzantes prehispánicos del Centro Histórico de la Ciudad de México, su destino final. Antes, hará una pausa en Ciudad Juárez, donde nació. Pensar en ambas ciudades la reanima.
La decisión de Lili es un retorno silencioso pero mayúsculo. Para las auto deportaciones, por lo general, no hay cámaras. No hay esposas ni patrullas como ocurre con las detenciones forzadas.
Desde enero de 2025, alrededor de 2.2 millones de personas han optado por salir de Estados Unidos por cuenta propia, según el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés). De ellas, 100 mil utilizaron la aplicación oficial habilitada por el gobierno federal para notificar su partida.
Como incentivo, la administración de Donald Trump ofrece, desde este año, 2 mil 600 dólares y el vuelo de regreso a quien se autodeporte. En un comparativo, los detenidos por agentes migratorios en contra de su voluntad suman 675 mil durante la administración del republicano; esto es, solo el 30% del total.
Lili es un caso más en la cifra, pero simbólico, con la cabeza en alto. Ya peleó frente a las autoridades de Estados Unidos con todos los argumentos legales y humanitarios —apeló a razones tan poderosas como el cáncer de su hijo— y de todos modos la sentencia fue desfavorable.
Se irá, entonces, pero no pedirá dinero para su autodeportación a través de la app CBP Home que el año pasado ofrecía mil dólares a quien aceptara deportarse y este 2026 subió el monto a 2 mil 600 dólares.
Madre de tres hijos, Lili preparó su partida por su cuenta. En casa quedarán sus hijos y su actual pareja, con quien lleva siete años de relación.
En la cocina, mientras los frijoles charros hierven, Robert la escucha con empatía. Él es estadunidense, de origen mexicano, y puede quedarse, pero lo hará solo por un tiempo.
Robert trabaja desde casa actualmente, es un nómada digital y puede hacerlo desde cualquier lugar. Cambiar de ciudad es sencillo para él; lo complicado sería romper la relación que ha construido con Lili y, por ello, su plan es mudarse a la Ciudad de México.
Revuelve la olla, agrega longaniza y piensa en la cuenta regresiva sobre su determinación:
Previamente, pasará un año más en Texas y preparará a los hijos mayores que adoptó como suyos del anterior matrimonio de Lili.
Cuando Lili aceptó que su pasado la perseguía y no podría vivir más en Estados Unidos, buscó información en internet y en redes sociales para entender lo que implica ir a un país que ya no es suyo, que apenas conoce de oídas.
Hurgó aquí y allá y encontró un programa elaborado justo para gente como ella: Dream in Mexico, promovido por la organización binacional New Comienzos.
La información es muy práctica: cómo tramitar el menaje de casa, qué hacer con las mascotas, cómo gestionar su documentación tanto en Estados Unidos como en México y material sensible sobre cómo recibir terapia psicológica y prevenir el suicidio.
“Las crisis emocionales pueden ser muy fuertes”, advierte el activista.
Lili fue una de las primeras personas que solicitó esta información. Recibió su caja y luego la ayuda de una trabajadora social del programa Dream in Mexico. Poco a poco reconoció que su miedo más profundo era a la soledad. Madre desde la adolescencia, le aterraba llegar a México sin el ruido de sus hijos.
Antes de su partida, recibió terapia, números de emergencia para salud mental y así cada día se ha sentido mejor. Ahora sabe que hay más gente como ella en el retorno, que su historia es la de muchos activistas y voluntarios de New Comienzos que la recibirán en México.
En uno de los rincones de la casa de Lily hay papel de baño, dibujos de su hija, una máquina de hacer pesas; ahí están los muebles de la oficina a la que tuvo que renunciar, una lámpara, la mesa donde hacía su trabajo.
La sala donde se encuentra la chimenea está más ordenada. Sobre el sofá principal de tres piezas, las fotos hablan de mejores tiempos: del bautizo de uno de sus hijos vestido de blanco; de sombreros que enmarcan los rostros y destacan los cachetes infantiles; de una quinceañera vestida de largos holanes azules.
Las sonrisas no siempre coincidían con certezas. Lili dice que, al ser indocumentada, nunca podía planear grandes cosas. Menos aún desde que nació su primer hijo y ella pasó de aspirar a ser ciudadana al infierno del sistema migratorio de Estados Unidos.
Todo empezó cuando hizo cuentas con la frialdad de quien revisa un recibo de luz: costaba lo mismo renovar su residencia que aspirar a la ciudadanía y presentó los papeles para hacerlo. Estudió para el examen sin miedo. Las preguntas hablaban de historia, de fechas, de principios que ya conocía porque fue aquí a la escuela.
El día de la entrevista principal dejó a su bebé de tres meses con su cuñada. Salió de casa pensando que regresaría en unas horas, pero las autoridades le dijeron que la detendrían.
Le recordaron que cuando ella tenía 19 años se metió en un pleito donde había solo menores de edad.
Además, sacaron a la luz aquella vez que encontraron cocaína en su casa porque su ex pareja consumía.
Por aquellos actos del pasado la llevaron a un centro de detención migratoria durante un año, aunque estaba amamantando a su hijo; luego la deportaron a Ciudad Juárez. Su marido de aquellos tiempos intentó regresarla en coche. Ella mostraría su licencia de conducir, pero le pidieron más papeles que no tenía.
A él lo acusaron de ser pollero, luego lo soltaron (él es estadounidense) y cuando Lili pudo hablar con él, éste fue claro: no la dejaría volver a ver a su hijo si no estaba en tierra americana.
Como pudo, entró nuevamente. Durante dos semanas intentó recomponer lo mínimo: rutinas, horarios en casa, pero su suegra la traicionó y llamó a inmigración. Decía que temía que la acusaran por ayudarla, que podían ir a la cárcel, que al niño lo reclamaría el Estado.
Los agentes de ICE regresaron para detenerla otra vez. En la cárcel descubrió que estaba embarazada nuevamente. No hubo fianza. No hubo concesiones. Tuvo a su bebé detenida, en Houston. Su madre (la abuela) se lo llevó a casa. A los tres meses del nacimiento —igual que con el anterior— llegó la corte federal.
La jueza ordenó su liberación de custodia federal y su entrega a inmigración. Pero inmigración no quiso recibirla porque tenía que enviar leche a su segundo hijo; le dio otra opción: 13 días para quedarse en el país y salir por su cuenta.
Lili buscó abogada y solicitó un permiso humanitario que ganó. Fue una rendija que la dejó casi 20 años más en el país hasta que Trump llegó y se acabaron los permisos humanitarios.
Lili reflexiona desde uno de los sillones principales, bajo su historia en fotográfica, la casa con aroma a frijoles. “He tratado de hacer lo mejor que he podido”, resume.
Lili se quiebra en este momento. Llora, respira hondo, se limpia las lágrimas con los dedos. Su hijo mayor no ha querido salir de su habitación, es tímido y pronto se hará cargo de sus dos hermanos menores en la casa: después de una cirugía por el cáncer no necesitó quimioterapia ni nada más. Ahora solo lo monitorean cada seis meses.
La idea de la familia es no afectar su vida con la auto deportación de la madre. Lili espera llegar a México, acomodarse y, en cuanto tenga un lugar propio, se llevará a la niña más chiquita. En algún momento tuvo la tentación de quedarse, de esconderse, moverse a otro sitio para que no me encontraran. Pero ¿qué vida es esa?, se pregunta.
Tiene mucho que ofrecer, dice, no quiere volverse clandestina en una cueva, un escondite solo porque en Estados Unidos no la quieren. “Tengo mucha vida por dar y mucho que mostrarles a mis hijos”.
Quiere estar en México y algún día ser quien reciba a otros repatriados en el aeropuerto de la Ciudad de México. Lili mira por la ventana; el viento tira hojas de los árboles, el mismo aire que un día la alcanzará, donde quiera que ella esté.

