A sus 83 años, Shlomo Ben Ami (Tánger, 1943) conoce muy bien España y se expresa en un perfecto castellano sin acento porque nació en el seno de una familia sefardí en la época de la ocupación española. Además hace casi cuarenta años fue el segundo embajador de Israel en Madrid. Ministro de Asuntos Exteriores de su país entre 2000 y 2001, vivió en primera persona las negociaciones de Camp David con Yaser Arafat. Historiador y analista de política internacional ofrece una mirada compleja sobre el actual escenario internacional. Esta semana ha participado en el Foro la Toja de Lisboa, donde su análisis de la geopolítica internacional con un pie en Tel Aviv y otro en Europa ayuda a interpretar cómo la guerra de Irán obliga a repensar el papel de los principales actores, de Donald Trump a Benjamin Netanyahu, pero también los ayatolás, los países árabes y, cómo no, España.

PREGUNTA. ¿Qué horizonte temporal maneja para la guerra de Irán?

RESPUESTA. Israel y Estados Unidos han agotado la opción bélica en Irán. En mi opinión, más claramente los estadounidenses, porque se percibe que Trump quiere, como dicen en inglés, to cut his losses, recortar pérdidas. Ha sido un desastre estratégico para Estados Unidos y también para Israel. Israel tampoco continuaría la guerra, desde luego no de la misma manera en que la ha llevado a cabo junto a Estados Unidos.

R. Hay dos vías, dos maneras de luchar contra un régimen de este tipo, como fue con la Unión Soviética, por ejemplo. Una es lo que llaman en inglés containment, o sea, no ir a una confrontación directa, sino a través del boicot, de la insurgencia, de sanciones, presiones de todo tipo. Eso lo inventó George Kennan, el que fue el artífice de la estrategia americana en la Guerra Fría. No enfrentarse a la Unión Soviética, sino aislarla, presionarla, competir con ella, etcétera. Y tuvo éxito: la Unión Soviética cayó. Imagínese usted si en vez de del containment se hubieran enfrentado a la URSS, pues te encontrarías en una situación de guerra apocalíptica, con armas nucleares, etcétera, y a lo mejor fortaleciendo al régimen soviético. Esas son las dos vías y yo creo que tanto Netanyahu como Trump se equivocaron en ir a la confrontación en vez de seguir en el camino que estaba empezando a dar frutos, la oposición interna, la del pueblo de verdad sufriendo una represión brutal. Desde hace cinco o seis años se veía que la protesta popular iba in crescendo; en algún momento, asfixiando al régimen poco a poco, el régimen respondería a la lógica que nos ha enseñado la Historia: que este tipo de revoluciones no son eternas, al final caen. Lo hemos visto con la Revolución soviética, con la Revolución francesa… Es así: la tercera generación normalmente derrota a la revolución.

P. Al final, Estados Unidos e Israel le han dado aire a los ayatolás.

R. Absolutamente, pero… no sé si en esto Trump tiene razón, aunque se equivoca, como siempre: es otro régimen, pero más radical. Los ayatolás ya no gobiernan. Hay una frase muy emblemática que Jamenei utilizó cuando firmó el acuerdo con Obama. Lo definió como «flexibilidad heroica», y eso no lo va a ver usted ahora con los guardianes de la Revolución, que son los que gobiernan y los que están llevando la línea dura porque han visto que Estados Unidos ha perdido estratégicamente la guerra.

P. A pesar de las victorias militares que tanto vende Trump.

R. Mire usted, uno puede ganar todas las batallas, pero perder la guerra. Hay un libro del coronel estadounidense Harry G. Summers Jr., On Strategy, sobre Vietnam. Cuenta que años después fue a un evento en Hanoi y se encontró con un coronel vietnamita. El coronel americano le dice: «Les hemos ganado todas las batallas». El vietnamita le contesta: «Sí, tiene usted razón, pero nosotros hemos ganado la guerra’. Eso es lo que hemos visto ahora. Los iraníes han recibido golpes a diestra y a siniestra, y los americanos no han ganado.

«De alguna manera, EEUU e Israel han convertido a Irán en un socio de sus adversarios y lo que no era una alianza militar real, se puede invertir»

P. Con independencia de cómo se resuelva en concreto el conflicto bélico, la situación ya no será la misma que antes del conflicto.

R. ¿En qué momento Estados Unidos empieza realmente a ser ese aliado de Israel? Inmediatamente después de la guerra de 1967, la guerra de los Seis Días. Los americanos, de repente descubren que ha surgido un poder y que vale la pena tenerlo cerca porque les puede ayudar en su política en el Medio Oriente y echar a la Unión Soviética, etcétera. Ese fue el momento. Algo parecido va a ocurrir ahora con China y Rusia: la relación con Irán, de repente, ya no es una carga. De alguna manera, es un caballo sobre el cual se puede cabalgar en el Medio Oriente para desafiar la hegemonía americana. De alguna manera, Estados Unidos e Israel han convertido a Irán en un socio de sus adversarios y lo que no era una alianza militar real se puede invertir. Ya durante la guerra, por primera vez los chinos empezaron a dar imágenes de satélite a los iraníes sobre las posiciones americanas y los planes de ataque americanos, etcétera.

R. No sé dónde Estados Unidos ha ganado algo, francamente. Lo único que se me ocurre, entre comillas, es en la cuestión de la energía, donde son el número uno del mundo. Hoy los aliados del Golfo se han arruinado, han perdido peso, porque lo que hemos visto de ese paraíso de negocios de países estables, abiertos a las inversiones no radicales anti islamistas —eso es lo que eran todos— ha recibido un golpe muy duro.

P. Emiratos Árabes Unidos acaba de abandonar la OPEP.

R. Así es. Los fondos soberanos que compraban por todas partes van a empezar a restringirse. En España los saudíes han entrado en Telefónica, Emiratos querían entrar en Naturgy; no son solo equipos de fútbol. Ya no van a tener los fondos necesarios para lo que ellos llamaban la diversificación de la economía: alejarse de la energía como base del crecimiento, ir a las nuevas economías, pero eso también cuesta. Por eso Estados Unidos se ha convertido hoy en el ganador de la batalla de la energía. Las empresas petroleras americanas están ganando fortunas increíbles.

«Trump es muy ‘old style’, es del estilo antiguo: buscar poder a través del petróleo. ¿Por qué aplazó la cumbre con Xi Jinping?»

R. Es muy interesante. Este presidente es muy old style, es del estilo antiguo: buscar poder a través del petróleo. ¿Por qué aplazó la cumbre con Xi Jinping? Porque él quería llegar a la cumbre con el 30% o el 40% de las reservas de petróleo bajo su control: Venezuela, Irán.… más lo que tiene Estados Unidos. El petróleo es muy importante para los chinos.

P. Lo que Trump no tenía controlado era el efecto sobre el ciudadano medio americano, el efecto de la situación económica.

R. Sí, bueno, Estados Unidos tiene ahora una inflación del 3%, que es, por cierto, lo que llevó a Kamala Harris a perder las elecciones, el elemento inflación.

P. Pero por otra parte, hay crecimiento económico.

R. Las inversiones yo creo que están por encima del 2% sobre la media europea. No digo España, que es un fenómeno particular en esta cuestión, más que nada por la inmigración. En eso el presidente Sánchez tuvo buen criterio. Además, la ventaja de la inmigración española es que es en gran parte homogénea, pero de todos modos, el hecho es que en este momento Estados Unidos crece por las inversiones astronómicas no del Gobierno federal, que está recortando, sino de las empresas Meta, Amazon, Microsoft… Nvidia tiene un valor ¿del PIB de media Europa? Eso es lo que está dando empuje al crecimiento americano, pero el ciudadano sufre por el galón de petróleo y por la inflación.

P. Eso, al final, es lo que puede repercutir en las elecciones en noviembre.

R. Sí, aunque las tenía perdidas antes ya. Pero las puede perder con más fuerza. El tema no está en si pierde el Congreso, porque eso parece que está descontado, sino en el Senado, porque si también lo pierde lo más lógico es que le hagan un impeachment y le amarguen la vida ya totalmente.

P. La pregunta que nadie sabe responder es por qué esta guerra. Estados Unidos ve una oportunidad energética, Israel tiene una oportunidad de descabezar al régimen… ¿Cuál es el motivo?

R. Vamos a ver: ¿qué es lo que sabemos?. Sabemos que Trump, cuando llegó al poder, dijo que él no pensaba en nuevas guerras, que iba a ser la paz en el mundo. Claro que le fastidió que no le dieran el Nobel y le dijo al primer ministro de Noruega “ahora no me voy a ocupar de la paz”. No sabemos qué pasó, pero yo intuyo que sí, que Netanyahu le comió el coco. Le trajo al jefe del Mossad, de eso estoy seguro, para explicarle que se puede derrocar el régimen iraní y él lo vio como algo factible. Pero claro, cuando los americanos me dicen que Israel ha empujado al presidente de Estados Unidos yo les respondo: “La culpa no es de los israelíes, la culpa es de que habéis elegido un idiota”. Usted no está obligado a aceptar lo que le dice Netanyahu. Visto desde el punto de vista del primer ministro israelí, y me pongo neutro porque odio su figura, para él ir a la guerra contra Irán con Estados Unidos era lo ideal. Para él lo significaba todo. De repente tuvo a Estados Unidos a su lado, pues adelante. Claro, que las consecuencias son también nefastas porque Israel pierde apoyo en Estados Unidos: ha perdido a los demócratas por las políticas dictatoriales de Netanyahu y está perdiendo a los republicanos.

Ya lo dijo Mark Twain: «Dios inventó la guerra para que los americanos aprendieran geografía»

P. Se da la circunstancia de que hace dos meses las negociaciones con Irán versaban sobre el enriquecimiento de uranio, los misiles balísticos y la financiación de los grupos terroristas. Y ahora, de repente, estamos volviendo a hablar de esto. Parece ser que Estados Unidos vuelve a pedir lo que ya iba en una buena dirección.

R. Ahí está la derrota. Y además, se añadió un elemento adicional. El estrecho de Ormuz, que no existía antes de la guerra. Es una incomprensión de la realidad geográfica. ¿Sabe usted? Mark Twain, el escritor americano, dijo en alguna ocasión algo así como que “Dios inventó la guerra para que los americanos aprendieran geografía”.

P. ¿Cómo afecta la guerra a los países europeos?

R. Yo francamente creo que esta guerra viene bien a los europeos. El rearme ya empezó antes porque entendieron que no se puede uno fiar de Estados Unidos, pero ahora se benefician, creo, desde otra perspectiva: de repente, Estados Unidos, a raíz de esta guerra, se ve sola, se ve aislada. Necesita hoy un aliado fiable, como puede ser Europa si la trata de una forma civilizada y no como la trató hasta ahora Trump. O sea, de repente, en esta situación Europa sale ganando. Yo no veo a Estados Unidos retirarse de la OTAN y no la veo tampoco retirando las bases. ¿A dónde las va a llevar? Es un momento más positivo para Europa que para Estados Unidos.

P. Interesante. Hablemos de Israel, de su país. ¿Está preocupado con la imagen que pueda quedar después de todo esto de su país en el mundo?

R. Evidentemente que sí. Mire, un año antes de la guerra de Gaza, el mundo democrático, Estados Unidos en particular, la administración de Biden, vio al Gobierno de Netanyahu como un Gobierno fascistoide, con unas alianzas de extrema derecha radical judeo supremacista. Yo siempre tengo la esperanza de que también el mundo vea la otra media parte de la Israel liberal que estuvo durante todo un año manifestándose, incluso militares reservistas, contra las políticas estilo Viktor Orbán que Netanyahu intentó aplicar.

P. Incluso hubo un momento de simpatía tras los ataques atroces del 7 de octubre.

R. De verdad, era casi impensable lo que ocurrió y de repente ocurre, viene Macron, viene Biden y hay una gran simpatía. Netanyahu consiguió desperdiciar ese capital de solidaridad internacional que se creó. Yo no digo que no tuviera que responder. Es muy difícil en esa parte del mundo no responder a este tipo de actos, pero eso no significa que usted tenga que entrar en una guerra de dos años, destruyendo lo que has destruido y causando tantas víctimas civiles. Puedes dar un golpe duro de una semana, dos semanas, un mes si exageras… y decir «ahora quiero salir de esto con algún tipo de arreglo».

P. Es evidente que fue desproporcionado.

R. Realmente, todavía sigue, y no ha conseguido nada. O sea, todos los enemigos que tenías están en pie: Hamas está en pie, Hezbollah en El Líbano está en pie, Irán está en pie. ¿Qué has conseguido? Por eso yo apuesto por la estrategia primera, la del containment. No es una paz ideal, incluso podría haber de vez en cuando una conflagración calculada o controlada, pero no una guerra total con la ambición de llegar a una victoria total que no existe.

R. Estamos en una nueva era. Ya no hay victorias gloriosas, nadie gana guerras. Hoy Putin no ha ganado la guerra, y Ucrania tampoco. Ahí están, empatados, como durante la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos no ha ganado a Irán. Nosotros no hemos ganado en Líbano ni hemos ganado en Gaza. No hay victorias porque cambiaron las características del campo de batalla. En las guerras industriales del pasado ganabas las grandes batallas, destruías la capacidad militar del enemigo y le dictabas condiciones. Eso ya no existe. ¿Quién gana hoy guerras? Las guerras asimétricas dan ventaja a la parte más débil, que está dispersa en la población civil, que consigue rápidamente el apoyo de la opinión pública mundial. Todo eso limita las capacidades de la parte más fuerte. En Irán, Estados Unidos podría haber seguido: destruir todas las centrales eléctricas, seguir bombardeando un año si es necesario, incluso alguna bomba atómica. No es que no sea imposible: es prohibitivo. Ese es el tema, el poder más fuerte, por brutal que sea, tiene que tener un límite y cierta responsabilidad económica o por las normas internacionales.

P. ¿Usted cree que el respaldo internacional a Israel tras el 7 de octubre es el momento de mayor respaldo desde la fundación del Estado de Israel?

R. No, yo soy bastante mayor y me acuerdo del mes anterior a la guerra del 67. En las capitales europeas hubo manifestaciones masivas a favor de Israel. Los israelíes hacían entre sí en ese momento bromas sarcásticas como “el último que salga que apague la luz”. Esa era la sensación y de repente, esa victoria. El mundo la admiró, pero cuando la victoria se convirtió en ocupación ya empezó el alejamiento.

«Precisamente porque somos los las víctimas del Holocausto hay una cierta ligereza en aplicar a los pecados de Israel metáforas holocáusticas»

Pero mire, Israel es una historia en la consciencia general. Es una historia bastante particular que no tiene fácil explicación, no es fácil descodificar qué es lo que ocurre con este país en el mundo. Israel fue creada en la era de la descolonización y somos de la misma edad que Pakistán y la India. Al margen de las muchas cosas que se pueden criticar a Israel, no ha habido en estos países una historia de éxito de esta magnitud… hasta que apareció Netanyahu con sus maneras. Una democracia realmente impresionante en condiciones que no son fáciles. Once premios Nobel en un país de las dimensiones de la provincia de Murcia, una economía extraordinaria, un ejército.. El éxito es enorme. Eso siempre despierta a veces ciertas suspicacias, porque es una anomalía que es difícil de entender.

P. Y después está la memoria del Holocausto.

R. La memoria del Holocausto tiene su parte, entre comillas, positiva de que hay una cierta simpatía. Yo creo, por ejemplo, que el Holocausto es una de las razones por la que Europa hoy no castiga a Israel de la forma como ha castigado a Rusia. No se dice públicamente, pero está ahí en la memoria colectiva. Pero por otra parte, también es un arma de doble filo: precisamente porque somos las víctimas del Holocausto hay una cierta ligereza en aplicar a los pecados de Israel metáforas holocáusticas. O sea, todo lo que hacemos ya parece el Holocausto. O sea, el otro día en la guerra de Irán los americanos mataron 200 niños en un bombardeo a un colegio. Nadie dijo, están cometiendo como los nazis, pero cuando Israel lo hace, inmediatamente viene la metáfora holocáustica.

Yo me acuerdo que en el 2003, ya no estaba en el Gobierno, había una batalla en una ciudad de Cisjordania, Jenin. Murieron 55 palestinos y 27 israelíes. Y José Saramago, que vivía en España en aquel entonces, dijo que Jenin es Auschwitz. Hombre, un poco exagerado: no es Auschwitz. Auschwitz es una factoría de muerte donde mataban a 30.000 señores y señoras cada día. Pero, o sea, que hay una cierta ligereza de invertir sobre los israelíes los pecados del Holocausto. Y de ahí viene desde que yo me acuerdo las guerras de Israel, siempre se definieron como genocidio, siempre genocidio. En Israel, cuando se creó el Estado, había un 11% de palestinos y a pesar que desde entonces hasta hoy han llegado millones de judíos de toda la diáspora a Israel, hoy dentro del Estado de Israel, no territorios ocupados, el 21% son árabes. No se puede decir que hay genocidio.

R. Yo no tengo la menor duda de que los hay en Gaza. Yo creo que el ejército israelí se ha comportado en Gaza con un espíritu de venganza brutal, inadmisible, con una pérdida de control por parte de la jerarquía militar de lo que las tropas estaban haciendo. El efecto que tuvo la guerra de Gaza sobre las tropas ha sido devastador. Durante la guerra de Gaza se suicidaron 65 soldados israelíes que no podían soportar la experiencia que han tenido.

P. Me gustaría una reflexión suya sobre la demografía en Israel, el proceso de la evolución demográfica de su país. ¿Se está radicalizando hacia la derecha más conservadora esa sociedad como consecuencia de la llegada de la diáspora judía?

R. Lo digo casi en serio. ¿Dónde empezó esta radicalización? Empezó en el año 2000, con el fracaso del proceso de paz; y yo formaba parte de los que lo condujeron. En la cumbre de Camp David se había ofrecido a Arafat una propuesta de paz a través de los israelíes y los americanos. Arafat no lo aceptó. Yo hice una declaración entonces: si yo fuera palestino no hubiera aceptado la propuesta que se les hizo, porque no era suficiente. Eso lo dijo el ministro de Asuntos Exteriores que negoció. Esa fue mi opinión. Seis meses más tarde, Bill Clinton puso sobre la mesa sus parámetros de paz. Antes, yo fui a la Casablanca después de una ronda de negociaciones con los palestinos en una de las bases militares al lado de Washington. Y ya esa es otra historia, no es Camp David. Ahí la propuesta era en líneas generales la siguiente: 100% de Gaza para los palestinos, el 97% de Cisjordania, el 3% que falta se recupera a través de un intercambio de territorio, Jerusalén partida en dos no sobre una base geográfica, sino sobre una base étnica; lo que es judío será israelí y lo que es árabe será palestino. El Monte del Templo tendrá soberanía palestina. Y Arafat lo rechazó. Fuimos con un intento ya desesperado para otra ronda, pero no llegamos a un acuerdo. La percepción del público israelí era: “¿Qué quiere esta gente? Si hemos dado todo y la respuesta es una intifada, pues no hay nada que hacer”.

«Todo esto lleva a los israelíes a la conclusión de que no hay nada que hacer, que no se puede. La solución de los estados no funciona»

Después vino el 2005: Ariel Sharon se retira unilateralmente de la Franja de Gaza. ¿Y qué recibimos? Hamás. Vuelvo atrás: en el año 2000 yo estaba en el Gobierno e impulsamos algo que el Ejército pensaba que no era factible: la retirada unilateral del Líbano. ¿Y qué recibimos? En 2008 el primer ministro Ehud Olmert propone a Mahmud Abbas una propuesta de paz que va más allá de los parámetros de Clinton; y la rechazan. Todo esto lleva a los israelíes a la conclusión de que no hay nada que hacer, que no se puede. La solución de los estados no funciona. Se ha propuesto de distintas maneras por tres presidentes norteamericanos (Clinton, Bush y Obama) y por dos presidentes israelíes (Barack y Olmert), porque Isaac Rabin acabó asesinado. Eso llevó a la radicalización: cada vez que nos retiramos de un territorio, ese territorio se convierte en una plataforma para atacarnos.

P. En unos meses hay elecciones en Israel. ¿Qué espera?

R. La única buena cosa que puede ocurrir es el modelo Hungría, derrotar a la derecha a través de la derecha, porque no hay izquierda. Eso es lo que está ocurriendo. El que lleva la ventaja en los sondeos hoy es un derechista, incluso ideológicamente mucho más a la derecha de Netanyahu, pero es un hombre decente. Ya no pedimos política, lo único que pedimos es decencia, porque ese es un criminal. El otro es un vampiro político. Netanyahu es un vampiro político que es capaz de hacer lo impensable para quedarse en el poder.

P. ¿Era previsible este comportamiento cuando llegó al poder?

R. En el primer mandato era, le faltaba experiencia, hizo cosas torpes, pero no se le veía todavía con este vampirismo de estos días. Hay una cosa que interesa poco a la opinión fuera del país, pero para los israelíes es cuestión de vida o muerte. Cuando Sharon era primer ministro, lo nombró ministro de Finanzas y él entiende de cuestiones económicas. Netanyahu no es un cualquiera, es una persona bien estudiada, educada, etcétera. Por eso pudo manipular a Trump. Él entendió que el problema central de la economía israelí es el 10% de los ortodoxos que no trabajan, que se dedican a estudiar las Escrituras, no trabajan y no van al servicio militar. Como ministro les cortó de una forma brutal las subvenciones y empezó a notarse un cambio en el comportamiento de la comunidad ortodoxa para integrarse al mercado laboral. Sin embargo, ahora, como primer ministro, como depende de ellos, está llevando a cabo la política más nefasta imaginable para la economía israelí: subsidios para que sigan como están, porque los necesita para seguir en el Gobierno. Él está ocupado en pasar en el Parlamento una ley que exime a los religiosos del servicio militar. No hay ningún escrúpulo y por eso la gente de lo que habla ahora no es de derecha y de izquierda. Queremos a alguien decente.

P. Por último, España. Usted conoce bien nuestro país, porque fue embajador en Madrid y, además, habla muy bien castellano. ¿Cree que se está produciendo una identificación entre Israel y su Gobierno?

R. En mis años de embajador la sensibilidad en el pueblo español en general hacia la cuestión palestina era muy marcada. No es algo de hoy. En el caso de este Gobierno, pues sí se puso realmente a la cabeza de los otros líderes europeos en el rechazo a la guerra de Gaza, al igual que se puso a la cabeza en la oposición con Trump. Es una postura ideológica que yo puedo aceptar o no, pero la respeto. O sea, yo creo que ha posicionado al presidente Sánchez en política internacional de una forma realmente valiente. Pero también tiene un aspecto de política doméstica, porque está con una coalición muy combativa en la cuestión palestina y, al igual que Netanyahu hace cosas para su coalición de extrema derecha. Puedo aceptarlo o no, pero no lo veo ilegítimo.

«España es una especie de Noruega del sur, sin el petróleo. No es una sociedad belicista y no creo que eso sea antijudío ni antisemita»

R. Yo estuve con él en una reunión a solas hace cinco meses o así. Lo vi muy genuino, muy auténtico. Al margen de consideraciones de política doméstica, vi un compromiso ideológico que se refleja no solo en la cuestión de Palestina, sino como hemos visto también en la cuestión de Trump.

P. ¿Cómo cree que afecta su posición a la imagen internacional de España?

R. Creo, francamente, que no hace mal ni a él ni a la imagen de España. Con la guerra de Irak, el 90% de la opinión pública española era contraria, más que cualquier otro país en Europa. España es una especie de Noruega del sur, sin el petróleo. No es una sociedad belicista y no creo que eso sea antijudío ni antisemita, como les gusta decir a los ministros de Netanyahu. Me gustaría que aplaudieran a Israel, pero yo creo que entra dentro de una visión política respetable.

A sus 83 años, Shlomo Ben Ami (Tánger, 1943) conoce muy bien España y se expresa en un perfecto castellano sin acento porque nació en el seno de una familia sefardí en la época de la ocupación española. Además hace casi cuarenta años fue el segundo embajador de Israel en Madrid. Ministro de Asuntos Exteriores de su país entre 2000 y 2001, vivió en primera persona las negociaciones de Camp David con Yaser Arafat. Historiador y analista de política internacional ofrece una mirada compleja sobre el actual escenario internacional. Esta semana ha participado en el Foro la Toja de Lisboa, donde su análisis de la geopolítica internacional con un pie en Tel Aviv y otro en Europa ayuda a interpretar cómo la guerra de Irán obliga a repensar el papel de los principales actores, de Donald Trump a Benjamin Netanyahu, pero también los ayatolás, los países árabes y, cómo no, España.

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