Para quienes nos quedamos fuera de juego del Mundial, empieza un tiempo extraño y cansino, que se va recrudeciendo a golpe de eliminatorias. La iconografía del merchandising coloniza escaparates, envases, campañas publicitarias y hasta WhatsApp ha creado un emoji para la ocasión. Incluso las reuniones de trabajo y las actividades con los amigos se amoldan a los horarios de los encuentros, mientras que los que no somos forofos aprovechamos el rato del partido para ir a lugares que normalmente estarían abarrotados. Pero más allá del mundo de los fife, esos machitos básicos que sudan la camiseta dándole todo el día al FIFA y que estos días petarán la web de Telepizza, el fútbol tiene un componente político y despierta una fidelidad religiosa que nos puede interesar sin necesidad de ver un solo partido.

Apenas ha arrancado, el Mundial ya es un muestrario de polémicas y despropósitos. Nunca antes un país organizador como Estados Unidos había inaugurado el torneo estando en guerra con una nación participante. La delegación de Irán ha tenido que trasladar su base a México, con un régimen de visados que obliga a sus jugadores a entrar y salir del territorio estadounidense el día de cada partido, al tiempo que las entradas a sus aficionados han sido revocadas. Un enviado de la Casa Blanca llegó a sugerir que el equipo fuera sustituido por Italia, que ni siquiera se había clasificado, idea que tanto la FIFA como la propia Italia rechazaron. A este caso se suman las restricciones de visado y los vetos de viaje, que más parecen control migratorio, que han afectado de lleno a varias selecciones y han dejado a buena parte de sus aficionados sin poder entrar al país, incluyendo al colegiado somalí, Omar Artan, uno de los mejores árbitros de África, a quien se negó la entrada sin justificación convincente.

Pero no todas las polémicas son trumpianas. La FIFA, antes de su obsceno peloteo a Trump, ya olía fuerte a cloaca desde los mundiales de Rusia y Qatar, bajo sospecha de amaños, sobornos y precios inflados, además de acusaciones de blanquear regímenes tiránicos mientras se llena la boca de derechos humanos, maximizando beneficios contra el devoto aficionado. Este año ha estrenado la tarificación dinámica, que encarece la entrada según la demanda, interviene en las reventas y expulsa a los hinchas más fieles para dejar las gradas a un público pudiente y poco futbolero. La mezquindad llegó hasta el agua, con la prohibición y posterior rectificación sobre las botellas de los usuarios, porque al final todo obedece a un único motor, el dinero, y nada lo retrata mejor que la cifra récord que la FIFA espera embolsarse con el torneo más grande, más contaminante y más caro jamás organizado.

El filósofo Simon Critchley confiesa haber sido «criado en una devoción fanática hacia el Liverpool y en la creencia no solo de que mi equipo es muy bueno, sino de que sus seguidores son especiales y la cultura que lo rodea, única». En su libro En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, reconoce que el fútbol está lleno de contradicciones y que mezcla siempre deleite y asco, pues une el «juego bello» y los cánticos heredados de padres a hijos, de raíz obrera y comunitaria, con su condición de negocio atrapado en un sistema acaparador y corrupto, que mueve cantidades indecentes de dinero a menudo procedentes de fuentes más que cuestionables. Critchley describe un partido de la selección como el escenario donde se representa el drama de la identidad nacional sobre un trasfondo de guerra y violencia. Parafraseando a Clausewitz, sería la continuación de la guerra por otros medios, orientada a la victoria o a la derrota heroica. Señala que la analogía militar no es casual, porque el equipo se articula como un pequeño ejército, una fuerza unificada bajo una cadena de mando, con himnos de combate y un enemigo claramente identificado. Podríamos añadir que incluso el VAR vendría a velar por el ius in bello dentro del propio juego.

Recordemos cuando Alemania Oriental derrotó a Alemania Occidental en el histórico mundial de 1974, durante la Guerra Fría, que se interpretó como una derrota ideológica de Alemania Occidental bajo la falsa premisa, todavía vigente, de que ganar un partido de fútbol refleja la superioridad política de un país. Esa misma falacia fue ridiculizada por los Monty Python con su famoso partido entre filósofos, griegos y alemanes, en el que los grandes pensadores deambulaban por el campo cavilando y discutiendo sin tocar el balón hasta que Arquímedes exclama un «¡Eureka!» y Sócrates utiliza la cabeza, pero esta vez para marcar un gol. Ahora bien, la sublimación pacificadora del deporte, que imaginaba Norbert Elias, no acaba de explicar el fútbol del todo bien. Es cierto que el fútbol codifica cierta violencia, de la misma manera que René Girard decía que la religión nació para drenar la brutalidad del grupo, canalizándola mediante el rito antes de que estalle dentro de la comunidad. Pero lejos de sofocarla del todo, el fútbol, señala Critchley, genera su propia violencia, en el odio racial hacia el adversario y en el hooliganismo, tanto celebratorio como vengativo.

Critchley reconoce que la afición al fútbol es lo más cerca que puede estar de una experiencia religiosa. El fútbol tiene sus templos y su calendario, un tiempo ritual que, como en las Dionisias atenienses, no conmemora ningún origen, sino que se renueva en un eterno retorno de temporadas y mundiales. Pero la analogía decisiva no es la del rito, sino la de la fe, pues donde hay fe aparece lo demás casi por necesidad: los santos y las reliquias, los milagros y las maldiciones, los mártires y esa frontera sagrada entre el nosotros y el ellos. Lo compara con la conversión religiosa de san Pablo, ese momento en que uno simplemente cree. Ser hincha sería un acto de fe parecido, una decisión irracional que no se justifica por los resultados. De ahí que sus fieles animen sin esperar nada a cambio, anclados en su equipo, «manque pierda», sostenidos por una esperanza contra toda evidencia.

Porque sí, el fútbol tiene todas las características de una religión, pero no en el viejo sentido marxista del opio del pueblo, esa droga que atonta para que no se vea la realidad, puesto que ocurre lo contrario. El aficionado lo ve todo, lo sabe, se queja y, aun así, entra al estadio, paga, corea y le pone fe. No es que el fútbol le impida ver el escándalo, sino que su fe es más fuerte que el escándalo de lo corrupto, porque esa es la verdadera definición de la idolatría.

Para quienes nos quedamos fuera de juego del Mundial, empieza un tiempo extraño y cansino, que se va recrudeciendo a golpe de eliminatorias. La iconografía del merchandising coloniza escaparates, envases, campañas publicitarias y hasta WhatsApp ha creado un emoji para la ocasión. Incluso las reuniones de trabajo y las actividades con los amigos se amoldan a los horarios de los encuentros, mientras que los que no somos forofos aprovechamos el rato del partido para ir a lugares que normalmente estarían abarrotados. Pero más allá del mundo de los fife, esos machitos básicos que sudan la camiseta dándole todo el día al FIFA y que estos días petarán la web de Telepizza, el fútbol tiene un componente político y despierta una fidelidad religiosa que nos puede interesar sin necesidad de ver un solo partido.

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