Es de suponer que al inmigrante sudanés que se dedicó a intentar degollar a un irlandés nadie le explicó qué es Belfast. Porque la capital norirlandesa puede parecer un lugar tranquilo y seguro hoy día, pero casi todos sus habitantes han vivido una época muy distinta, de atentados, de disturbios, de peleas, de lucha. Eso que eufemísticamente llaman los problemas. De modo que cuando ha pasado lo mismo que ha sucedido en tantas y tantas ciudades del Reino Unido, la respuesta ciudadana ha sido ligeramente distinta. La parte menos pacífica de la población nativa reaccionó quemando vehículos y casas y bloqueando calles. Es decir, lo que en París llaman una victoria del PSG. Pero también están quemando negocios de inmigrantes y entrando en casas donde sospechan que viven para expulsarlos de sus hogares. Inmigrantes que, huelga decirlo, en su inmensa mayoría no han hecho nada por merecerlo.
Las razones por las que los europeos están empezando a revolverse contra la inmigración son principalmente tres: sus efectos en la seguridad ciudadana, la pérdida de beneficios sociales en favor de quienes vienen de fuera y la pérdida de una cohesión cultural que sólo se ha echado de menos cuando se la ha visto desaparecer. Todas las cuales podrían ser manejables si no fuera por el experimento migratorio sin precedentes que han puesto en marcha tanto Europa durante décadas como Estados Unidos durante la administración Biden. Porque la cantidad puede ser una calidad en sí misma. Ninguna nación del mundo había acogido nunca tanta población extranjera como los países occidentales estos últimos años. Es un experimento inédito que convierte todos estos problemas en inmanejables.

