DOMINGA.– Andrea Rodríguez, junto con sus 15 empleados, lidera este puesto de unos 50 metros cuadrados en el que se exhiben zapatos y ropa y hasta prendas para niños. De sus lonas rosas cuelgan cartulinas con ofertas de precios que van de los 30 a los 250 pesos. Allí, señoras de apariencia elegante, güeritas, entre pasillos que venden comida, artículos de belleza, tenis, hurgan entusiastas entre montañas de ropa en busca de aquello que en tiendas costaría hasta cinco veces más.
La escena ocurre en un barrio de clase media de la Ciudad de México, afuera del Estadio Ciudad de los Deportes –hoy casa del Club América–, donde se extiende un punto de venta de “ropa americana”, conocida coloquialmente como paca: la ropa de segunda mano o prendas nuevas pero fuera de temporada que las tiendas estadounidenses desechan a bajo costo.
Es un comercio democrático. Estos vendedores cruzan la frontera para traer esta mercancía que venden a quien lo desee, la misma moda de las tiendas pero a precios bajos, que en los últimos años ha tenido un repunte en los mercados sobre ruedas de la capital y de otras ciudades como Guadalajara y distintos municipios del Estado de México, como Ciudad Nezahualcóyotl. Sin olvidar los márgenes de la capital del país, como Las Torres de Tláhuac, Santa Martha Acatitla, Iztapalapa.
En todos esos sitios, Andrea –que lleva 13 años en el negocio– vende durante cinco días a la semana sin alterar los precios. La diferencia sólo radica en los compradores: en Santa Martha Acatitla predominan los que vienen de provincia y adquieren las pacas para revender en otros mercados o las coloquialmente llamadas nenis que son las “Nuevas Empresarias con Negocios por Internet” y que, en este caso, revenden en Facebook, Instagram o WhatsApp, ganando hasta cinco veces más.
En el también conocido Estadio Azul, en cambio, son oficinistas y vecinos de la zona quienes buscan prendas modernas pero económicas. Es un miércoles por la mañana cuando Andrea acepta esta entrevista para DOMINGA, después de abrir 30 bultos de paca, como cada 15 días, cuando compradores de provincia y revendedores de internet esperan las mejores piezas. Con la cangurera llena de billetes en la cintura, Andrea cuenta que tiene 13 años en el negocio, aunque apenas tiene 32 de edad.
Con la venta de ropa ha mantenido a sus hijos. Desde chica comenzó comprando bultos de paca de 158 kilos, que compró en dólares y por libra “del otro lado” y poco a poco fue expandiéndose hasta vender toda la semana, contar con un equipo de trabajadores y manejar cerca de 7 mil 500 piezas de ropa que coloca de tianguis en tianguis, logrando que se agoten en cosa de 15 días.
La prenda más cara está en 250 pesos, aunque a veces encuentra piezas que puede ofrecer en 350. “Es ropa de moda, la que está en tiendas ahora. Hace unos años nos llegaba fuera de temporada, ahora pareciera que las tiendas gringas rápido la hacen desechable”, dice. Así que también rápido cruzan la frontera.
Basta con scrollear en redes sociales para ver que la venta y compra de ropa de paca ahora es cool y aspiracional, que hay influencers haciendo videos de sus compras en los tianguis y presumiendo sus prendas –muchas veces únicas –, o fashionistas armando outfits enteros con 500 pesos.
Andrea explica que la paca se clasifica en tres tipos de calidad. La No. 1 viene con etiqueta nueva, la No. 2 trae algunas cosas nuevas y otras usadas pero en buen estado, y la No. 3 sólo prendas usadas. Una nomenclatura que escucharé en todos lados.
El origen de la ropa de paca proviene principalmente de la recolección de ropa de segunda mano y de remate en países como Estados Unidos y China. Luego se clasifica y exporta en grandes fardos a México. Empresas especializadas en ropa usada, así como donaciones recibidas por organizaciones civiles y almacenes, son las fuentes de estas prendas, quienes las envían a México. Llegando al país hay un primer grupo que las compra y vende en bulto a los comerciantes.
No es un trabajo sencillo. Comienza a las tres de la mañana y termina a las seis de la tarde. Los revendedores llegan a las 8 am y al mediodía ya están ofreciendo la ropa en internet. Armar el puesto implica lonas, botes y tablas, además de descargar los bultos que pesan alrededor de 80 kilos cada uno.
Lo sencillo es distribuir la ropa en montañas; lo laborioso, al final de la jornada, es doblar de nuevo la que no se vendió y volver a empacarla. En todos los tianguis hay que gritar para atraer clientela –“¡Pásele, meta la mano!”–, salvo en zonas de clase media, donde no se grita, pero sí se orienta personalmente a cada cliente.
Las redes sociales atrajeron a los clientes que buscan moda vintage y son pro medio ambiente. Videos cortos de influencers que invitan a visitar los tianguis se convirtieron en tendencia comprar a precios bajos. Apenas se viralizó un video de Apio Quijano, integrante de Kabah y experto en moda, donde se le veía probándose ropa en un puesto de paca en Tepito, sorprendido por las prendas y sus precios. Otros influencers como Manelyk y Gala Montes también han mostrado en sus redes –con millones de seguidores– sus looks armados con ropa de segunda mano.
Un factor que encanta a los compradores jóvenes es que son piezas únicas. En la calle de Querétaro, en la colonia Roma, existe un mercado vintage en un predio cerrado con ropa de paca que los jóvenes buscan para vestirse diferente. Una experiencia distinta a la de un tianguis tradicional, pues no eliges la ropa en medio del puesto de “carnitas” o del de la fruta, aquí la ropa ya está colgada. No es el único, últimamente en la Roma y Condesa este tipo de mercados se cuentan por decenas.
Hasta acá llegó Ariatna, quien celebraba su cumpleaños número 15. Como regalo pidió 5 mil pesos para renovar todo su clóset con ropa de segunda mano o nueva con etiqueta, pero siempre de paca. Ella le llama vintage. “Quiero piezas únicas y aquí me alcanzará más que en una tienda. Compraré accesorios, zapatos, bolsas, pantalones, sudaderas, tops y faldas. Me encanta la moda pero no me gusta que la ropa sea desechable ni que mi outfit lo traiga alguien más que compró en Shein o en alguna tienda de plaza”, dice.
En el mercado hay decenas de jóvenes que, como Ariatna, buscan ropa a bajos precios no sólo por un asunto económico, sino también por conciencia ecológica. Ari no es la única quinceañera en el lugar, hay otras que bajan de camionetas de lujo con sus mamás, aquí hay hasta baños cool con espejos grandes donde pueden probarse la ropa. Con todo y esos beneficios, sigue siendo barata.
Y es que una de las industrias más contaminantes es la de la moda, y cada vez más personas son conscientes del grave problema que implica comprar y desechar ropa en periodos cortos de tiempo. Tal es el caso de Tony, un chico de 18 años que desde hace meses compra su ropa únicamente en este mercado, donde gasta en promedio 200 pesos por dos piezas cada vez que lo visita.
Dana vende en un mercado vintage y toda la ropa que ofrece es de paca, pero con un giro distinto: la plancha y la cuelga en percheros. “Sólo vendo paca del 1 y toda la ropa que traigo es nueva. No pongo etiquetas si la prenda no las trae de origen. Mis clientes son, en su mayoría, chicas de clase media que buscan economizar”.
Después de la pandemia, creció la aceptación de la ropa de paca y gente que antes no lo hacía comenzó a commprarla por necesidad de ahorro, antes que por otra razón. Dana, con 17 años de experiencia comprando y vendiendo, asegura que los mercados vintage están de moda gracias a las redes sociales, que lograron quitarles el estigma de “ropa sucia y para pobres”.
Hoy en día, la mayoría de mercados sobre ruedas de la Ciudad de México tiene su pequeño o gran apartado de ropa de paca y la tentación de estrenar por 50 pesos es irresistible. Como ya no hay tabú se vuelve hasta común “chulearle” a alguien el outfit y que te conteste sin el menor temor: “gracias, es de paca”.

