Edwardo Rodríguez es mexicoamericano. De la época en que los padres latinos prohibían a sus hijos hablar español en Estados Unidos. No querían complicarles la vida en la escuela, en la calle o inyectarles la nostalgia del idioma en Fresno, California, donde nació en 1960.

El idioma español lo dominó después, cuando se volvió oficial de Deportaciones en Harlingen, Texas, cuando no le temblaba la mano para firmar la expulsión de indocumentados hacia México o a cualquier parte del mundo.

Edward Rodríguez tiene la mirada serena. Viste de pantalón y camisa azul claros, los cuales le dan un aspecto sobrio y relajado. O más bien, está sereno y se le nota. El tiempo ha pasado y ya está del otro lado de la moneda: hoy mismo asesora a indocumentados para que no los echen.

Tras dejar su función de oficial de Deportaciones, fundó la empresa Ultimate R. Solution LLC, en la cual lleva casos para evitar que los migrantes sean deportados, y logren la residencia, ciudadanía, asilo y permisos humanitarios.

Se encuentra en sus oficinas del quinto piso, en un edificio ubicado a un costado del Norwest freeway, desde donde se mira parte de la ciudad, cerca del Memorial Park y del Distrito de Museos. Detrás de su escritorio, un letrero reza: “Todas las cosas son posibles si tú las crees”.

—¿Por qué se metió a deportar migrantes, señor Rodríguez?— se le pregunta.

Antes de ser Oficial de Deportaciones, él trabajaba en la Guardia Costera como instructor: enseñaba a oficiales a usar armas en un barco, a arrestar gente, hacer inspecciones de otras naves, y cuando dejó ese empleo, se volvió contratista sobre seguridad marítima.

Ahí conoció a gente que trabajaba con agentes de inmigración vigilando a los detenidos, y un día le preguntaron: 

En ese momento le pareció un trabajo interesante, un lugar en el gobierno, con altos beneficios sociales y salario alto y solo por vigilar que los indocumentados no escapen. 

Tenía la edad límite para la contratación (36 años) y fue a hacer el examen que pasó con facilidad; lo llamaron para una entrevista, le preguntaron si sabía español y dijo que sí, aunque en realidad no lo entendía bien, pero el otro tampoco, así que no tuvo que probarlo.

Así empezó aquella labor. No solo mandaba gente a sus lugares de nacimiento sistemáticamente —hasta que al final de su carrera sumó más o menos siete mil casos—, también hacía inteligencia de tráfico de personas, drogas e investigación internacional.

Rastreaba rutas, países de origen, cómo viajaban los inmigrantes, qué documentos usaban. Con esa información hacía reportes, gráficas y mapas para enviarlas a los altos mandos. Washington siempre sabe todo y actúa según sus conveniencias políticas; dosifica, tolera, azota, se beneficia de la información.

Este oficial recuerda casos concretos sobre cómo los involucrados en los temas migratorios usan el sistema para llevar agua a su molino, desde el Estado a los consulados de origen de organizaciones criminales.

Observó, por ejemplo, cómo algunos narcotraficantes mandaban especialmente a una persona con algo de droga para que al cruzar la frontera se dejara arrestar.

Luego, “mágicamente”, el consulado no lo reconocía como su ciudadano y lo volvía apátrida. De ese modo no podía ser deportado y era recluido justo en la cárcel donde los cárteles querían enviar mensajes a otros internos.

El implicado regresaba directo a su país, porque se les ofrece que, si firman su salida, pueden irse en 72 horas; de lo contrario, quedan encarcelados.

—¿El consulado que declaraba apátridas a su gente era mexicano?—

El ex oficial sonríe. No agrega más. Se extiende por otro camino:

La oficina de Rodríguez es un espacio de largos pasillos y amplios escritorios. En el despacho principal hay dos pizarrones blancos con marcatextos donde se escriben ideas, casos y teléfonos de cualquier asunto que pueda estar visible.

Pendientes de las paredes, se pueden ver las banderas de Texas y de Estados Unidos. En los estantes hay libros, tales como el Capitalismo solidario, de Kenman Wong; Cómo vencer el miedo, de Max Lucado, o textos sobre la construcción de valores de A. W. Pink: un conjunto de identidad, fe y responsabilidad antípoda a lo que él fue y conoce desde las entrañas.

—¿Qué pasa por la cabeza de un agente migratorio?—

Un oficial de migración tiene un protocolo rígido y no lo va a cambiar. No piensa ‘no voy a hacerlo porque soy latino’, no piensa que está rompiendo a una familia o la vida de las personas.

Eso explica mucho la confrontación actual en algunas ciudades donde hay empoderamiento social. Unos retan, ellos actúan con violencia extrema, como la que llevó a la muerte a los estadunidenses Alex Pretti  y Renee Good, ambos de 37 años, y a los mexicanos Heber Sánchez, de 34, y Silvierio Villegas, de 38.

ICE no reporta de forma sistemática el uso de fuerza, pero las imágenes y cifras de fuentes extraoficiales dan fe del nivel.

Medios como Documented y ProPublica contabilizan al menos dos docenas de arrestos violentos o fatales desde 2025, incluyendo prácticas de alto riesgo en detenciones.

La situación se ha desbordado al punto que en Portland un juez federal restringió a los agentes del ICE el uso de gas lacrimógeno y proyectiles “menos letales” tras lesiones a manifestantes y agresiones a periodistas durante protestas.

Además, un recuento independiente de The Guardian reportó 32 muertes de indocumentados en custodia en 2025.

Desde su trinchera actual, Edwardo Rodríguez alerta sobre el riesgo de envalentonarse y plantar cara a un agente: 

—Pero agreden hasta a los propios estadunidenses—

Con el nacimiento del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), en 2003, tras los atentados del 11 de septiembre, el antiguo Servicio de Inmigración y Naturalización se fragmentó en agencias especializadas —ICE, CBP y USCIS—, marcando un giro de lo administrativo a la seguridad nacional.

Rodríguez vivió esa coyuntura y no le gustó porque se volvió un caos. Se fue. Nada ha cambiado en la ley de deportaciones desde los tiempos en que era el jefe en Harlingen, un punto operacional clave dentro del sistema.

Ni siquiera hay más deportaciones ni auto deportaciones, sino 60 por ciento menos, según el Anuario de Estadísticas de Inmigración, del DHS. 

Entre 1998 y 2004, años que abarcan parte del segundo periodo de Bill Clinton y la administración George Bush, hubo un acumulado de 10.6 millones de indocumentados que salieron a fuerza o por su pie.

Esto significa que había en promedio de 4 mil 800 al día, mientras Donald Trump tiene una balanza de 2 mil 900 cada 24 horas, por lo que en cinco años suma 5.3 millones.

La diferencia es el discurso, el show y el espíritu de la ley o cómo aplicarla, destaca Edwardo Rodríguez. Eso hace una diferencia abismal: 

La manera es sencilla: antes, el gobierno tenía que dar las pruebas de que el detenido era indocumentado; ahora, es responsabilidad de este y debe hacerlo en el momento en que es arrestado.

En cuanto lo detienen, el agente le pregunta que si quiere hablar y si el imputado dice que tiene derecho a permanecer en silencio, se cierra el caso.

Es cuestión de interpretación de la ley y de voluntad política, agrega el ex oficial.

Todos esos detalles los sabe al dedillo. Aunque no es abogado, fue entrenado en una escuela a la que llamaban La Biblia de la Depuración y por eso, como asesor, les dice a los clientes qué hacer.

No han expulsado a aquella señora que querían deportar porque su esposo estadunidense murió justo cuando había iniciado el proceso para hacerla ciudadana. No han expulsado a muchos que pidieron asilo y luego se los quitaron ni a los que quieren enviar a Ciudad Juárez, dizque para seguir un proceso y no los dejan entrar.

Hay muchos recovecos legales que él usa, que son ases bajo la manga. Con Rodríguez, el ICE y el sistema migratorio se toma a diario una sopa de su propio chocolate.

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