La creciente presi�n sobre Venezuela dispara la tensi�n de sus aliados y afines ideol�gicos

«�La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria!», bram� en 1902 el entonces presidente Cipriano Castro contra el bloqueo de las costas venezolanas. El grito de unidad nacional contra la diplomacia de las ca�oneras de Gran Breta�a, Alemania e Italia, que reclamaban el pago de deudas pasadas, se convirti� finalmente en un golpe de efecto de Estados Unidos, que aplic� la Doctrina Monroe, aquella tan famosa impuesta hace dos siglos para mantener bajo control a su patio trasero. Se pusieron en marcha los Protocolos de Washington para contentar a las partes: el sheriff de las Am�ricas dejaba claro que en su traspatio mandaba EEUU.

Como la geopol�tica es as� de rocambolesca, Nicol�s Maduro repiti� las palabras de Castro (Cipriano, no Fidel) tras observar en agosto que el despliegue de buques ordenado por Donald Trump en el Caribe iba tan en serio que amenazaba su supervivencia. Sus asesores le convencieron de que en semejantes circunstancias no hab�a mejor discurso patri�tico, pese a que trag� saliva cuando le toc� mencionar aquello de «me retirar� de las nostalgias del poder» y «abrir� todas las puertas de las c�rceles de los presos pol�ticos».

Por supuesto, nada de ello ha pasado: Maduro ha adoptado una defensa numantina, tal y como ordena la biblia de las revoluciones, pese al hist�rico bloqueo naval y despliegue militar estadounidense en sus costas, la principal evidencia del giro de la Administraci�n de Donald Trump hacia Am�rica Latina.

«Cipriano Castro era, a todas luces, el jefe de Estado leg�timo. Maduro es todo lo contrario: un l�der de facto que sostiene el poder en tanto que usa la violencia de forma ileg�tima contra su propia gente. Cuando Castro enfrent� el bloqueo, su campa�a nacionalista y antiimperialista fue exitosa. De hecho, el propio Jos� Gregorio Hern�ndez, recientemente beatificado santo de la Iglesia cat�lica, se alist� voluntario en defensa de Venezuela. Maduro, aunque intent� replicar este sentimiento soberanista, no lo ha logrado», explica a EL MUNDO el historiador C�sar B�ez.

Diferencias evidentes, pero tambi�n coincidencias. «En ambos casos, el objetivo no era tomar territorio venezolano, sino forzar a los actores clave a tomar ciertas decisiones usando la fuerza como herramienta», a�ade el historiador.

El actual despliegue estadounidense en el Caribe y el bloqueo naval contra el chavismo son la confirmaci�n de que una nueva era pol�tica se abre paso para Am�rica Latina. La percepci�n del mundo que tiene Donald Trump ha hecho a�icos el antiguo tablero geopol�tico continental, lo que ha llevado a las Am�ricas de vuelta al primer plano internacional. Eso s�, un regreso marcado por una visi�n muy personal, donde mandan los intereses. Para Trump, Am�rica Latina es un conjunto de pa�ses que deben subordinarse a EEUU.

En el c�ctel actualizado de la Doctrina Monroe, aquella que rezaba «Am�rica para los americanos (estadounidenses)», se mezclan la diplomacia coercitiva, las viejas ca�oneras convertidas en portaviones, injerencias electorales extremas y la pol�tica de aranceles de palos y zanahorias, pero sin zanahorias. Ahora se llama Doctrina Donroe.

La gran carambola geopol�tica es que esta nueva era ha devuelto las esperanzas a los pueblos oprimidos, convencidos de que s�lo la fuerza, en sus distintas versiones, les devolver� la libertad. La escalada de presi�n contra Maduro contin�a, aunque los ataques contra los «malvados» revolucionarios en tierra no han sucedido. En Cuba y Nicaragua, tambi�n permanecen expectantes, en medio de un debate mundial que ha conformado nuevas trincheras, a favor o en contra de Trump.

La cumbre de este fin de semana de Mercosur ha mostrado cu�les son los nuevos bloques: mientras el brasile�o Lula da Silva advert�a de que «una intervenci�n armada en Venezuela supondr�a una cat�strofe humanitaria para la regi�n», el argentino Javier Milei, beneficiado en las legislativas por los llamamientos de Trump, instaba a la comunidad internacional a apoyar la presi�n contra el «narcoterrorista» Maduro. Bolivia, Ecuador, Paraguay, Panam� y Per� le respaldaban de inmediato.

Junto a un Gobierno claramente trumpista, como el argentino, al que se le unir� el reci�n elegido en Chile y donde ya se encuentra el salvadore�o Nayib Bukele, se mueven los pa�ses que gravitan en el �rea de influencia de Trump: los cinco firmantes m�s Rep�blica Dominicana, Costa Rica, Guatemala y Hait�, cada uno con sus peculiaridades; cada uno con sus relaciones especiales con el gran vecino del norte.

«Lamentablemente, han recuperado el nombre de Doctrina Monroe, porque eso desv�a la atenci�n: este continente ya est� invadido. Los enemigos de la democracia, la libertad y los derechos humanos se han instalado s�lidamente en Cuba, Venezuela, Nicaragua y en sus formatos peores, criminales. Y con extensi�n a otros pa�ses. El continente ya estaba marcado por la intromisi�n de potencias extrarregionales y de una gigantesca potencia transnacional, que es el crimen organizado, capaz de mover anualmente un trill�n de d�lares en mercados il�citos. La salida pasa por restaurar la democracia y los derechos humanos y cortar los lazos con las potencias internacionales que promueven estos reg�menes: Rusia, China, Ir�n y propio crimen transnacional, organizado junto a sus formas paramilitares y terroristas, como los c�rteles narcos, el Ej�rcito de Liberaci�n Nacional (ELN), las disidencias de las FARC, Hizbul� y Hamas. Esa es la verdadera batalla», subraya a este diario Juan Antonio Blanco, presidente del Laboratorio de Ideas Cuba Siglo XXI.

El patio trasero de Trump aparece de nuevo radicalmente dividido y el gran parteaguas es el chavismo. A las tres dictaduras, Venezuela, Cuba y Nicaragua, se ha unido por afinidad ideol�gica el colombiano Gustavo Petro, quien ha protagonizado un pulso muy desequilibrado con Washington. A los discursos incendiarios y los trinos (tuits, en Colombia) de zafarrancho se sucedieron un sinf�n de ataques, incluso sanciones, como las que llevaron al ex guerrillero colombiano a perder su visa estadounidense. La peor situaci�n en 120 a�os, tras desgajarse Panam� del pa�s cafetero gracias a la ayuda de Washington, que el secretario de Estado, Marco Rubio, ha querido suavizar en las �ltimas horas: «Tienen un presidente inusual, pero tenemos buenas relaciones».

Los cuatro enemigos de Trump se asoman al Caribe, y no es casual. «El despliegue de EEUU tiene que ver con algo que va m�s all� de Venezuela y de Centroam�rica. Es la recuperaci�n de la hegemon�a que hist�ricamente EEUU hab�a mantenido en el Caribe y que se hab�a perdido en los �ltimos a�os. Ahora tratan de recuperarla, con mucha presi�n sobre Venezuela y su impacto sobre Nicaragua, por el v�nculo tan fuerte entre revoluciones. Est� pensado en relaci�n a los actores externos, China y Rusia, para hacerles comprender que el control es estadounidense. En el caso de los Ortega Murillo, han bajado el tono de los discursos antiimperialistas y han aceptado sin rechistar a todos los deportados enviados desde EEUU, que ya son m�s de 6.000. Tambi�n han aflojado con los prisioneros pol�ticos (liberaron a medio centenar), por efecto de las presiones directas de Washington», destaca la soci�loga Elvira Cuadra, directora del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroam�rica.

En Managua tem�an especialmente las sanciones comerciales de Washington, con imposici�n de aranceles al 100%, y la salida forzada del Tratado de Libre Comercio entre Centroam�rica y EEUU.

Una receta de fuerza que en Centroam�rica tambi�n se dirigi� sorpresivamente desde el primer d�a contra Panam�, aliado hist�rico al que hace justo 36 a�os se liber� de otro narcodictador, el general Manuel Noriega. Los esfuerzos evidentes del presidente Jos� Ra�l Mulino de distanciarse de China, el cambio de titularidad de dos puertos fundamentales y la retirada de la ruta de la seda parec�an haber calmado a Washington en lo que parec�a otra obsesi�n presidencial sobre el Canal de Panam�.

Pero en las �ltimas semanas volvieron a surgir fricciones, con amenazas incluso de retirada de visas. En el tiempo coincidi� con una injerencia electoral extrema en Honduras: el apoyo de Trump al candidato derechista Nasry Asfura, quien, gracias al empuj�n de Washington (promesa de ayudas econ�micas, bajada de aranceles, mejoras para los casi dos millones de migrantes catrachos en EEUU) enjug� el 5% de desventaja con el liberal Salvador Nasralla. Si el escrutinio final que se celebra estos d�as en Tegucigalpa en un clima de m�ximo tensi�n no lo cambia, Papi a la Orden, como llaman a Asfura, ser� presidente en 2026, pese a que el propio Trump indult� al ex mandatario Jos� Orlando Hern�ndez, condenado a 45 a�os por narcotr�fico.

La cercan�a pol�tica con el populista Nayib Bukele no s�lo eximi� a El Salvador del pressing de Washington: el pa�s centroamericano tambi�n se benefici� del alquiler temporal de las instalaciones de la megac�rcel del CECOT. Los nuevos acuerdos comerciales con El Salvador y Guatemala, como parte del ajuste de aranceles globales, se han prolongado en el tiempo con Costa Rica, otro aliado clave durante d�cadas, pese a los pataleos econ�micos de China. Al ex presidente �scar Arias, Premio Nobel de la Paz, tambi�n le retiraron su visa por sus cr�ticas a Trump.

�Y M�xico? El vecino del sur forma parte del tercer grupo de pa�ses, con Brasil y Uruguay. Est�n en las ant�podas ideol�gicas de Trump, pero no quieren enfadar al gigante del Norte. «M�s all� de la amenaza constante de aranceles, es en el campo de la seguridad donde se hace realmente patente la doctrina Trump para Am�rica Latina. Administraciones pasadas actuaban con tibieza contra los tent�culos de los c�rteles narcos que traspasaban las fronteras. La nueva pol�tica exterior de EEUU se refleja en M�xico a trav�s de golpes certeros al coraz�n financiero de los c�rteles: el congelamiento de recursos de bancos y casas de valores acusados de blanquear dinero del crimen organizado», desentra�a el analista Pablo C�cero.

Al torpedear la l�nea de flotaci�n financiera, varios l�deres criminales de alto perfil fueron capturados y juzgados en tribunales estadounidenses. «Lo m�s revelador es que, incluso en un M�xico profundamente polarizado por la narrativa del gobierno, estas acciones no han sido calificadas de intervencionismo. Por un lado, el Gobierno mexicano acepta, sin quejarse p�blicamente, las acciones de la diplomacia de Trump. Por el otro, la oposici�n ve en estos actos un contraste evidente con la pasividad gubernamental frente a los c�rteles», a�ade C�cero.

Para Rubio, cuyo primer viaje en enero fue a Am�rica Latina, M�xico est� haciendo en materia de seguridad m�s que en ning�n otro momento de su historia.

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