El pa�s celebra este oto�o unas legislativas marcadas por el ej�rcito en las calles de las grandes ciudades, los redise�os partidistas de los mapas de distrito y la posibilidad de que la baja popularidad de Trump devuelva a los dem�cratas el control del Congreso
A principios de diciembre, el Senado del estado de Indiana vot� en contra de una propuesta para ratificar un nuevo mapa electoral. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estaba m�s que interesado en esa iniciativa, conocida en ciencia pol�tica como gerrymandering. Estados Unidos elige a los miembros de las dos c�maras del Congreso de forma directa, dividiendo cada estado en distritos. Para fijar los l�mites de cada uno de ellos se tiene en cuenta un censo cada 10 a�os, establecido en la Constituci�n, pero los partidos aprendieron hace mucho que, modificando interesadamente las l�neas de demarcaci�n, aprovechando los datos calle a calle sobre la poblaci�n, la renta, la raza y las preferencias pasadas de voto, pod�an alterar m�s que sensiblemente los resultados, y conseguir ganancias valios�simas de cargos.
Lo llamativo de lo ocurrido en Indiana es que los l�deres republicanos del Senado estatal se resistieron a la exigencia de la Casa Blanca. Trump presion� por las buenas y las malas, en llamadas individuales, conference calls, tuits, a trav�s de mensajeros y con su estrategia favorita: amenazar a todo republicano que cuestione sus �rdenes con acabar con sus carreras pol�ticas presentando candidaturas alternativas en cada proceso de primarias para desbancar a los rebeldes. Y aun as�, incluso con campa�as de acoso personal y amenazas f�sicas por parte de simpatizantes, el cambio de mapa no se produjo.
Indiana es s�lo uno de los muchos campos de batalla de una guerra preelectoral brutal en todo Estados Unidos. El gerrymandering es muy habitual, pero tradicionalmente se concentraba en los momentos posteriores a cada censo. Ahora no. En estos momentos hay nuevas leyes, mapas y propuestas en debate o iniciativas en fase de exploraci�n en al menos 20 de los 51 estados. Empez� Texas, que en verano aprob� una redistribuci�n con la que los republicanos aspiran a asegurar cinco congresistas extra. Respondi� California, con un refer�ndum de respuesta, alterando su propio mapa para arrebatar otros cinco esca�os. Y lo mismo o parecido est� aprobado en Carolina del Norte, Misuri, Ohio, Nueva York o Virginia. Y se planea en Florida, Kansas, Nebraska, Illinois, Maryland…
�Por qu� ahora y por qu� con tanto descaro y ambici�n? Hay elecciones cr�ticas en 2026, unas en la que Trump -el mismo presidente que sigue amagando una y otra vez con volver a ser candidato en 2028, a pesar de que la Constituci�n lo proh�be- se juega perder el control de las dos c�maras. Y, por tanto, enfrentarse a un Congreso controlado por la oposici�n, capaz no s�lo de frenar sus propuestas legislativas, sino de abrir investigaciones, bloquear nombramientos e, incluso, lanzar un impeachment, un nuevo juicio pol�tico que intente su destituci�n. Y todo vale.
Los norteamericanos llaman midterm a las elecciones que se celebran cada cuatro a�os, pero justo a la mitad de los ciclos presidenciales. Son indiscutiblemente important�simas, porque se renueva completamente la C�mara de Representantes (435 esca�os) y un tercio del Senado. Pero, adem�s, esos comicios tienen un peso fundamental en la vida pol�tica y en el imaginario colectivo. A menudo se convierten en la mejor y �nica forma de penalizar al partido de la mayor�a o a quien ocupa la Casa Blanca, y han sido el mecanismo hist�rico para mantener ciertos equilibrios: dar poder suficiente para un cambio profundo, pero durante poco tiempo.
Las midterm, sin embargo, han sido algo adicional: una herramienta para intentar interpretar las corrientes de fondo y dar sentido a las preocupaciones, prioridades y obsesiones que recorren un pa�s que es, en realidad, un continente, algo demasiado grande, demasiado disperso y demasiado complejo como para ser comprendido y dirigido desde Washington DC. Y la gran obsesi�n ahora mismo es Trump y el futuro de la democracia. «Me temo que no tendremos elecciones en 2028 a menos que reaccionemos», dice una y otra vez el gobernador de California, Gavin Newsom.
Trump est� protagonizando una revoluci�n interna brutal, una sacudida a los cimientos de la Rep�blica que coincide con su 250� cumplea�os. Un redise�o del poder ejecutivo, despreciando al legislativo y tratando de someter al judicial. Desplegando, adem�s, a la Guardia Nacional en las grandes ciudades de todo el pa�s, en lo que la oposici�n e incontables analistas interpretan como un peligros�simo intento de normalizar la presencia de soldados. Ahora no parece un problema existencial, pero todo es diferente si acaba habiendo protestas, manifestaciones o se repiten los problemas espec�ficos de las �ltimas elecciones, marcadas por amenazas a los trabajadores electorales o de bombas en algunos distritos el d�a del voto, presiones brutales pol�ticas a las autoridades estatales para que no reconozcan resultados o denuncias de fraude en los colegios electorales.
La revista The Atlantic dedic� su n�mero de este mes al «caos» y «tumulto» que se avecinan, describiendo un escenario en absoluto imposible o impensable: un resultado apretado en algunos condados, distritos o estados que pueda determinar el control del legislativo. Con soldados obedeciendo �rdenes; los principales aliados del presidente, en el Departamento de Justicia, el FBI o cualquier otra agencia, interviniendo para frenar un recuento o incautar m�quinas de voto; y el presidente dando por hecho su victoria en las redes sociales. En 2024, 18 elecciones para la C�mara de Representantes se decidieron por menos de 10.000 votos, y los dem�cratas ganaron 11 de ellas.
Los redise�os partidistas de los mapas de distrito jugar�n un papel esencial en un a�o electoral donde se ver� si se penaliza o no al ocupante de la Casa Blanca
El c�ctel es explosivo. En 2020, Trump presion� a funcionarios estatales para que no dieran la victoria en lugares como Georgia a Joe Biden. Y ahora ha movilizado a miles de abogados para acudir r�pido a los tribunales en los distritos m�s competidos. Pero hay mucho m�s. El Departamento de Justicia ha recibido peticiones de la Casa Blanca para que investigue ActBlue, la principal plataforma de los dem�cratas para recaudar fondos, con m�s de 3.500 millones de d�lares en el ciclo electoral de 2024. Trump quiere prohibir el voto por correo y chantajea a estados con negarles fondos federales si no cambian sus requisitos electorales (algunos no exigen un DNI con foto en el momento de depositar el voto en la urna). En marzo, por ejemplo, firm� una orden ejecutiva exigiendo a la Comisi�n de Asistencia Electoral que imponga pruebas concretas de ciudadan�a para votar y para cambiar las normas sobre las papeletas.
Trump lleva a�os destrozando la confianza de los ciudadanos en las elecciones. En sus procesos y sus resultados. Jam�s ha aceptado que perdi� en 2020 y sostiene que fue un robo de los dem�cratas. Ning�n alto cargo republicano, del Gobierno o de los estados, puede decir en voz alta algo tan b�sico como que Trump perdi� en 2020. Usan f�rmulas evasivas cuando se les pregunta, como «Biden fue nombrado». Y el da�o a la credibilidad del proceso es muy claro. En 2024, Trump gan� con margen m�s que suficiente, pero la narrativa previa es que era imposible que perdiera, al menos sin trampas.
Su campa�a afecta a todo el proceso. Sostiene que millones de extranjeros votan y siempre a los dem�cratas. Que el fraude es masivo, que las m�quinas no son de fiar, que el voto por correo es una estafa, intentando procesar incluso al responsable de ciberseguridad que en 2020 no respald� su teor�a de que hab�a ganado. O difamar a los funcionarios que hicieron su trabajo.
El presidente ha colocado a partidarios de sus conspiraciones en puestos clave, tanto de comisiones electorales como en el Departamento de Seguridad Nacional, incluyendo cargos ad hoc sobre integridad electoral. El sistema de voto estadounidense es muy complejo y lento, cambia de distrito en distrito y, aunque hist�ricamente ha funcionado, ya que los dos partidos aceptaban las normas, est� lleno de puntos d�biles que abren las puertas a pleitos, lo que dejar�a en manos de jueces o de Tribunales Supremos la resoluci�n de disputas sobre qu� votos son v�lidos, si una m�quina es sospechosa o hasta cu�ndo es posible recontar. Algo que fue decisivo en el a�o 2000, cuando George Bush gan� a Al Gore tras la intervenci�n de la Corte Suprema.
Igualmente, la estrategia de Trump apunta -y mucho- a los votantes, sus derechos y sus miedos. En algunos estados, los republicanos intentan sistem�ticamente cancelar el registro de votos a decenas de miles de personas, usualmente afroamericanas, latinas o asi�ticas. El Departamento de Inmigraci�n est� siendo usado como ariete. Y hay todo tipo de normas que buscan reducir el n�mero de votantes, desde exigencias de identificaci�n que, por diferentes razones hist�ricas, tienden a perjudicar a las minor�as hasta normas que impiden dar comida o bebida a la gente que hace cola en los colegios electorales. Por no hablar de la presencia de las agencias migratorias o del ej�rcito en las calles. Todos los analistas coinciden en que el momento m�s tenso se producir� en 2028, pero este 2026 ser� el primer entrenamiento.

