El apoyo público a la pertenencia ha crecido de forma notable en todo el bloque en los años posteriores al referéndum británico de 2016.
Para Marine Le Pen, la votación de Reino Unido a favor de salir de la UE fue un motivo de celebración.
«¡Victoria para la libertad!», publicó la líder de la ultraderecha francesa en X en la mañana del 24 de junio de 2016. «Como llevo pidiendo desde hace años, ahora necesitamos el mismo referéndum en Francia y en otros países de la UE».
En dieciocho meses, el apoyo de Le Pen al «Frexit», que ya había atenuado durante su fallida candidatura presidencial de 2017, se abandonó por completo al quedar patentes al otro lado del Canal de la Mancha los peligros de abandonar la UE. Otros partidos euroescépticos siguieron su ejemplo.
Diez años después, es evidente que el Brexit tuvo un efecto dinamizador en la UE, aumentando el apoyo popular en lugar de impulsar movimientos secesionistas similares, como habían temido algunos.
La votación fue una «bofetada» para las élites europeas que creían en un «cuento de hadas de un unión, una hermosa historia de unidad eterna», afirma Sébastien Maillard, asesor especial del Instituto Jacques Delors en París e investigador asociado de Chatham House. «Pero no desencadenó ningún efecto dominó».
En cambio, el Brexit fue una «prueba por contradicción» de la utilidad de la UE y de la sensatez de permanecer en ella, añade.
Los europeos observaron con asombro cómo, tras el Brexit, Reino Unido, incapaz de decidir los términos de su salida de la UE, se tambaleaba de una crisis política a otra. En cambio, las capitales de la UE cerraron filas y se mantuvieron firmes en una posición negociadora diseñada para proyectar sus intereses colectivos y disuadir a cualquier otro país que pudiera considerar la posibilidad de marcharse.
El apoyo público a la pertenencia a la UE creció notablemente en todo el bloque en los años posteriores al referéndum del Brexit, y las decisivas respuestas de la UE a la pandemia y la guerra en Ucrania revitalizaron su sentido de propósito.
«Salimos del proceso más fortalecidos que ellos», afirma Michel Barnier, exnegociador jefe de la UE para el Brexit y posteriormente primer ministro francés. «Porque aceptamos lo que significaba desde el principio y no hubo grandes consecuencias [para nosotros]».
Barnier describe la salida de Reino Unido como un resultado perjudicial para todos. «Perdimos un país grande, ágil, inteligente, abierto, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU que sabe lo que significa la defensa».
Pero la asimetría, en su opinión, es clara. Los británicos «están solos», afirma, mientras que la UE «compartió» el impacto entre 27 países.
El efecto disuasorio del Brexit es uno de los impactos en la UE en el que coinciden la mayoría de los politólogos. Otros son más difíciles de determinar, se han atenuado o han quedado eclipsados con el tiempo por otros acontecimientos.
La mayoría de analistas y funcionarios coinciden en que, con Reino Unido todavía dentro, habría sido más difícil acordar en 2020 un fondo de recuperación por la pandemia de 750.000 millones de euros financiado mediante una emisión de deuda común sin precedentes en la UE. El fondo, conocido como Next Generation EU, representó un hito en la integración, otorgando a la UE, por primera vez, capacidad fiscal contraciclo.
Sin embargo, es posible que Londres se hubiera mostrado más abierto al posterior endeudamiento común para la adquisición conjunta de material de defensa en el marco del llamado programa SAFE.
Los europeos del norte lamentan la salida de la UE de una voz influyente, pragmática y favorable a las empresas y al libre comercio, especialmente ante la acumulación de trámites burocráticos engorrosos para las empresas desde principios de la década, que Bruselas ahora intenta reducir.
«Tradicionalmente, los gobiernos británicos han seguido una política flexible en materia de regulación», afirma Nils Schmid, experto en política exterior del Partido Socialdemócrata alemán y secretario de Estado parlamentario en el Ministerio de Defensa. «Esto es algo que sigue faltando».
Enrico Letta, ex primer ministro italiano, va aún más allá. El Brexit, afirma, ha sido un «desastre» para el mercado único de la UE, «que siempre tuvo dos motores: la Comisión Europea y Reino Unido. Perdimos uno».
En un informe oficial de 2024, Letta defendió con vehemencia la necesidad de una mayor apertura del mercado interior. Afirma que el Brexit «tuvo una profunda influencia en la desaparición de la unión de los mercados de capitales (UMC)», la reforma propuesta que describió como «la clave de todo» en términos de integración del mercado e impulso de la competitividad de la UE.
Tras el voto británico a favor de la salida, otras capitales europeas se apresuraron a captar negocio de la City de Londres, pero ninguna logró imponerse, y «en realidad, la fragmentación fue un regalo para Wall Street», añade Letta.
La UE está intentando ahora relanzar su proyecto de la UMC. También ha reafirmado su posición como liberalizadora del comercio, firmando acuerdos de libre comercio con, entre otros, el grupo de economías sudamericanas Mercosur, Australia, Japón y, potencialmente, pronto India e Indonesia.
En otros aspectos, la UE se ha vuelto más francesa en su orientación, adoptando el endeudamiento común, la «autonomía estratégica» europea en defensa y seguridad, una política industrial más activa, mayores ayudas estatales y, más recientemente, las normas para «Comprar productos europeos».
Sin embargo, este cambio se debe tanto a las fuerzas externas —unos Estados Unidos más hostiles y una China más coercitiva— como a la ausencia de Reino Unido, según Schmid.
El Brexit ha modificado la dinámica política dentro de la UE de maneras menos evidentes. Ha aumentado el peso relativo de los países de la eurozona frente a aquellos que aún conservan su propia moneda. Ha eliminado una voz influyente a favor de la ampliación del bloque a nuevos miembros, un proceso estancado desde hace más de 12 años. También ha facilitado que países pequeños, como Hungría bajo el mandato de su ex primer ministro euroescéptico y prorruso Viktor Orbán, «extorsionen a la UE» vetando iniciativas, explica Heather Grabbe, del think tank Bruegel en Bruselas.
Maillard afirma que el Brexit ha dañado la relación franco-alemana, tradicionalmente el motor de la integración europea, pero que ahora se tambalea gravemente. Cuando Reino Unido era un miembro poderoso de la UE, París y Berlín podían utilizarlo como contrapeso.
«Fue Reino Unido el que la ayudó a encontrar su equilibrio», sostiene Maillard. «Su salida obligó a ambos países a enfrentarse constantemente. Probablemente Alemania sea quien más ha echado de menos a Reino Unido. Le preocupa quedarse sola con Francia».
Mientras tanto, aunque los partidos euroescépticos hayan abandonado en su mayoría sus planes de salida de la UE —Con Alternativa para Alemania como excepción—, siguen representando una enorme amenaza para la UE desde dentro. La Agrupación Nacional (RN) de Francia, que cuenta con una amplia ventaja en las encuestas para las elecciones presidenciales del próximo año, quiere abandonar el mercado eléctrico de la UE y excluirse de las normas de inmigración y asilo. También afirma que recortará unilateralmente la contribución de Francia al presupuesto de la UE, lo que recuerda a lo ocurrido en 1984, cuando la lucha de Reino Unido por una rebaja presupuestaria llevó al país a un enfrentamiento con Bruselas.
Para las capitales europeas, el trauma de la salida de Reino Unido de la UE ha quedado atrás y sus efectos se han visto eclipsados por otros acontecimientos, como la crisis del coste de la vida, la invasión rusa a gran escala de Ucrania y, ahora, la hostilidad de Donald Trump hacia la UE y su ambivalencia hacia la OTAN. La Administración Trump está comprometida con el apoyo a partidos euroescépticos como RN en Francia y AfD en Alemania, y con el fomento de la resistencia contra el establishment proeuropeo.
«Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, vemos a un presidente estadounidense trabajando en contra de la integración europea», señala Schmid, quien cree que la actitud de Trump hacia Europa fue moldeada por los euroescépticos británicos y es una «consecuencia duradera de la campaña del Brexit y del propio Brexit».
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