Un transatlántico secuestrado con un millar de pasajeros a bordo, una persecución naval, periodistas descendiendo del cielo al barco, exiliados armados, un muerto, un herido y dos dictaduras expuestas a la opinión pública mundial. ¿Un sueño loco? ¿El guion de una película? No, ocurrió en realidad.
Durante la madrugada del 22 de enero de 1961, veinticuatro exiliados españoles y portugueses, miembros del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) tomaron al asalto el trasatlántico Santa María en aguas del Caribe, a bordo del cual viajaban cientos y cientos de pasajeros. El barco se dirigía a Lisboa, pero los secuestradores pretendían desviarlo hacia África para abrir allí un frente revolucionario que terminara tumbando las dictaduras de Franco y Salazar.
Durante quince días, el mundo entero —a excepción de España— miró hacia aquel barco, rebautizado por los revolucionarios como Santa Liberdade.
La revista Paris Match envió nada menos que a Dominique Lapierre y a un fotógrafo —este último se lanzó en paracaídas desde una avioneta al barco— para entrevistar a los secuestradores en pleno Atlántico. John F. Kennedy, recién llegado a la Casa Blanca, se vio obligado a hablar del asunto en su primera conferencia de prensa como presidente de Estados Unidos, porque entre los pasajeros había ciudadanos norteamericanos.
En España, sin embargo, casi nadie se enteró de lo ocurrido. El régimen franquista hizo lo posible por reducir aquel episodio a una anécdota. La prensa lo presentó como un asunto de delincuentes portugueses, una peripecia ajena que poco o nada tenía que ver con España. Franco aprovechó que el barco tenía bandera portuguesa para desentenderse del caso. Pero a bordo de aquel buque también viajaba una parte del exilio antifranquista: hombres que creían que la historia podía torcerse desde la cubierta de un barco.
José Ignacio Carnero reconstruye ahora aquella loquísima aventura en Los fabuladores, su nueva novela, publicada por Random House. Después de cinco años de investigación, viajes a São Paulo, Caracas, Friburgo, París, Galicia y Portugal, visitas a archivos y entrevistas con familiares, testigos y personas vinculadas a los protagonistas, el escritor no sólo recrea el secuestro del Santa María, sino que se adentra en la vida de sus tres principales cabecillas para intentar responder a una pregunta más profunda: qué clase de hombres podían embarcarse en una empresa tan improbable.
Los impulsores de aquel plan tan surrealista fueron tres hombres de biografías extremas: Henrique Galvão, militar portugués que había apoyado a Salazar antes de caer en desgracia y convertirse en su acérrimo enemigo; Pepe Velo, poeta, maestro y galleguista exiliado, obsesionado con cruzar el océano para combatir a Franco; y José Fernández, conocido como comandante Sotomayor, un gallego de vida errante, superviviente de guerras, exilios y causas revolucionarias.
Su plan, sin embargo, se torció casi desde el principio. Durante la segunda noche, cuando los secuestradores tomaron el puente de mando, se produjo un tiroteo. Un tripulante murió y otro quedó gravemente herido. Ese incidente cambió el rumbo de la aventura. «Según el relato de los propios protagonistas, decidieron entonces renunciar al proyecto revolucionario para desembarcar al herido y salvarle la vida», explica Carnero.
A partir de ahí, el Santa María comenzó a navegar en zigzag por el Atlántico, perseguido por la Armada estadounidense y observado por medio mundo. El secuestro dejó de ser el primer acto de una insurrección armada y se convirtió en una operación de propaganda internacional. Los revolucionarios ya no llegarían a África, pero consiguieron en cambio que en todo el mundo se hablara de Franco, de Salazar y de los exiliados que aún estaban dispuestos a combatirlos.
Fuera de España, su gesta tuvo un éxito enorme. «En la prensa internacional la repercusión en esos casi 15 días fue brutal», subraya José Ignacio Carnero. De puertas para dentro, en cambio, el régimen levantó un muro de silencio. «La repercusión en España fue nula porque, lógicamente, a la dictadura no le interesaba que se conociera lo sucedido», afirma el escritor.
A José Ignacio Carnero le atrajo desde el principio esa mezcla de épica, delirio y derrota. «Leí un breve en un periódico y, a partir de ahí, me interesé por el caso y empecé a leer más y más cosas. Me pareció absolutamente increíble que en España prácticamente nadie supiera nada de aquello». Aquella curiosidad suya se transformó en una investigación de cinco años, en el deseo irrefrenable de saber qué ocurrió en aquel secuestro, pero también quiénes eran los tres tipos que protagonizaron aquel increíble suceso. «He tratado de penetrar en las cabezas de los tres protagonistas. Me he permitido la libertad de imaginar qué es lo que pensaban, de imaginar cuáles eran sus sentimientos, sus necesidades, sus afectos…», explica Carnero.
La aventura concluyó el 2 de febrero, cuando 12 días después de su secuestro el Santa María llegó a Recife. Los pasajeros desembarcaron y los miembros del DRIL obtuvieron asilo político en Brasil. Durante un instante fueron héroes: habían logrado convertir un barco de pasajeros en altavoz contra Franco y Salazar. Pero el éxito fue ambiguo: no hubo revolución, no hubo desembarco en África y los regímenes siguieron en pie.
Carnero insiste en esa doble lectura: idealismo y vanidad, heroísmo y fracaso, coraje y fabulación. «Era un plan muy, muy, muy improbable», admite. «Pero si le quitamos el brillo del éxito a revoluciones como la rusa, la francesa o la cubana y las analizamos fríamente, en el fondo también eran cosa de cuatro chalados. Lo que ocurre es que, como triunfaron, las miramos con respeto», destaca.
La pregunta de fondo que se hace Carnero en Los fabuladores es cuánto había en aquellos hombres de idealismo y cuánto de narcisismo, si fueron personajes devorados por su propia imaginación. Galvão, según Carnero, era el más vanidoso: un antiguo hombre del régimen salazarista, herido en el orgullo, empujado por la venganza y seducido por la cámara. Los españoles Pepe Velo y Sotomayor estaban movidos, por su parte, por un idealismo más puro, aunque tampoco escapaban del deseo de convertirse en héroes. «Los tres acabaron escribiendo novelas, cuentos, poesías, intentando ajustar su mundo a la realidad o la realidad a su mundo», dice el autor.
Y los tres acabaron mal. «Muy mal», puntualiza Carnero. Sus vidas quedaron marcadas por el exilio, la pobreza, los enfrentamientos internos y el olvido. «Fueron vidas consumidas por la fabulación», afirma. «Cuando uno pone tanta ficción en su vida, suele acabar mal: en la pobreza absoluta, olvidado por todo el mundo, enfrentado y completamente olvidado». Y remata con una frase que resume la tragedia íntima de aquellos revolucionarios: «El fuego de la fabulación les acabó consumiendo a ellos mismos y a sus familias».
El caso del Santa María habla también de una época en la que la imaginación política todavía podía adoptar formas desmesuradas. Carnero cree que hoy miramos con distancia ese tipo de gestas porque nos hemos vuelto demasiado pragmáticos. «La realidad nos arrincona», sostiene. «Nos hemos vuelto demasiado prácticos». En su opinión, hemos ido renunciando a la imaginación hasta conformarnos con sobrevivir al día a día. «Llevamos demasiado tiempo renunciando a la imaginación y conformándonos con sobrevivir», dice. La paradoja es que esa renuncia evita algunas catástrofes, pero también estrecha el horizonte de lo posible.
El secuestro del Santa María fue una operación fallida y, al mismo tiempo, reveladora. No derribó ninguna dictadura, no abrió ningún frente africano y no encendió la revolución ibérica que sus impulsores habían imaginado. Pero durante unos días obligó al mundo a mirar hacia Franco y Salazar.
Un transatlántico secuestrado con un millar de pasajeros a bordo, una persecución naval, periodistas descendiendo del cielo al barco, exiliados armados, un muerto, un herido y dos dictaduras expuestas a la opinión pública mundial. ¿Un sueño loco? ¿El guion de una película? No, ocurrió en realidad.

