A falta de una mayoría real y de una legitimidad indiscutible dentro de España, el presidente del Gobierno multiplica las iniciativas de carácter internacional con la esperanza de consolidar su prestigio como hombre de Estado. Al no ser ciudadano español (desde 1492), me permitiré analizar … sus posturas e iniciativas tal y como se perciben desde Francia y el resto de Europa: en una palabra, dejan perplejos. Uno se pregunta si Pedro Sánchez sigue siendo europeo, si sigue siendo miembro de la comunidad occidental o si su ideología socialista prevalece sobre todas sus demás afiliaciones. Intentemos responder a estas preguntas de la forma más honesta posible sin caer, por nuestra parte, en la parcialidad.
La más llamativa de las iniciativas internacionalistas de Pedro Sánchez ha sido una postura violentamente antiisraelí que solo se puede aceptar si no se conocen los detalles del conflicto que enfrenta a Israel y a los movimientos terroristas árabes. Israel, desde su fundación, hay que repetirlo, lucha por su supervivencia, algo que Pedro Sánchez no tiene en cuenta. Prefiere adoptar, como gran parte de la izquierda española, una postura aparentemente humanitaria y generosa, sin ningún riesgo, apoyando en apariencia a los débiles contra los fuertes, a los palestinos contra los hebreos. La mediocridad de esta postura, tan simplista, radica en que no distingue entre terrorismo y palestinos, al considerar que Hamás lucha por la libertad y la independencia de Palestina. Cabe recordar por enésima vez que esto no es así en absoluto: tanto Hamás como Hizbolá en el Líbano son criaturas de Irán cuyo objetivo declarado no es la independencia de un Estado palestino, sino la destrucción pura y simple de Israel.
Pedro Sánchez no puede ignorarlo, al igual que no puede ignorar la relación histórica entre España y el mundo judío. Siendo español, ¿no debería matizar un poco su hostilidad hacia los judíos e Israel y distinguir mejor entre antisionismo y antisemitismo? La frontera entre ambos es muy delicada. Además, la hostilidad descarada hacia Israel impide a España desempeñar el más mínimo papel en Oriente Próximo, y tampoco acerca a España al mundo árabe, ya que este es a menudo menos antiisraelí que el propio Gobierno. En cuanto a este primer punto, se puede concluir que Pedro Sánchez se equivoca en su análisis y sus perspectivas, que no aportan ninguna solución al conflicto en Oriente Próximo y que descalifican a España para desempeñar el más mínimo papel en la región.
En la otra guerra, la que enfrenta a Estados Unidos con Irán, la postura de Pedro Sánchez me parece igualmente frágil y cuestionable. De todos los países miembros de la OTAN es el que más radicalmente no solo se opone a esta guerra, sino que multiplica los obstáculos para que Estados Unidos no pueda llevar a cabo sus operaciones apoyándose en las bases de las que dispone en Europa. Una vez más, Pedro Sánchez mezcla y confunde todo: oponerse a la guerra desde un pacifismo virtuoso es una cosa, pero no por ello hay que convertir a Irán en una víctima inocente cuando el régimen de los mulás es verdaderamente peligroso, ya que amenaza a su propio pueblo, a sus vecinos y a Occidente mediante los medios terroristas a los que recurre sin cesar y a una amenaza nuclear que no es teórica. Está totalmente permitido –es incluso el deber de un jefe de Gobierno europeo– criticar la estrategia de Donald Trump, pero a condición de proponer una alternativa constructiva a la necesaria contención de Irán. Sánchez no propone ninguna alternativa. También le resulta fácil, demasiado fácil y sin riesgo inmediato, denigrar la intervención militar de Estados Unidos sin señalar de paso que el Ejército estadounidense ha demostrado una superioridad técnica que no se le conocía y unas debilidades estratégicas, por desgracia, demasiado conocidas: convendría hacer la distinción, algo que Pedro Sánchez, una vez más, no hace. Sería conveniente, además, antes de reunir a una camarilla izquierdista y cosmopolita que incluya a México y Brasil para denunciar a Trump y a Estados Unidos, recordar que Estados Unidos ha protegido durante mucho tiempo a Occidente frente a la amenaza soviética. En caso de emergencia, ¿a quién se llama si no es a la Casa Blanca y al Ejército estadounidense? Que yo sepa, España sigue estando en Occidente, aunque Pedro Sánchez ya no lo esté del todo.
Una tercera iniciativa de Pedro Sánchez que se inscribe en la misma línea izquierdista y despreocupada por sus socios europeos es la regularización de los inmigrantes indocumentados. En España esta regularización responde a algunas necesidades positivas para una economía que carece de mano de obra; tiene también un carácter humanitario que hay que aprobar; y es cierto, por último, que a España le resulta más fácil regularizar a los inmigrantes que, en su mayoría, son originarios de América Latina y, si no de la misma civilización, al menos de lengua española. Pero Pedro Sánchez parece haber olvidado por completo que España forma parte del espacio europeo y que esta regularización de los indocumentados se percibirá como una llamada a los inmigrantes de toda África y no solo de Iberoamérica. Una vez en España, los inmigrantes regularizados podrán instalarse donde quieran dentro del espacio europeo. El Ejecutivo francés, con razón, está preocupado, al igual que todos los gobiernos europeos se inquietan por el hecho de que Pedro Sánchez no haya considerado necesario consultarles antes de tomar una decisión tan espectacular.
Espectacular es quizá la palabra adecuada, incluso más que ideología. El sanchismo es un espectáculo cuyos resortes dramáticos pertenecen a la vieja enciclopedia del marxismo, del socialismo angelical y del izquierdismo. A Pedro Sánchez le corresponde ser el último guardián de esas viejas creencias, que se creían obsoletas. En una situación mundial tan complicada como la actual, lo que Europa necesita y a lo que España podría contribuir es sutileza en el análisis. Pero Pedro Sánchez parece preferir inscribirse en una historia teórica a base de grandes gestos en lugar de contribuir verdaderamente a los retos estratégicos, militares, económicos y humanitarios reales del momento. Pedro Sánchez está haciendo que España resulte inútil, me parece. Espero de todo corazón estar equivocado, pero me gustaría, queridos lectores, saber en qué.
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