El presidente de EEUU, Donald Trump, y al fondo, su vicepresidente, JD Vance / Europa Press/Contacto/Win McNamee – Pool via CNP

El año pasado, tras su retorno a la Casa Blanca, Donald Trump habló pletórico durante casi 100 minutos en un discurso ante las dos Cámaras del Congreso. Este martes por la noche, en lo que formalmente es su primer discurso sobre el estado de la Unión de esta segunda presidencia, quizá el principal paralelismo sea la larga duración prevista para su intervención, que él mismo ya ha anunciado que “va a ser larga porque hay tanto de lo que hablar”.

Aunque se pueden dar por descontadas sus muestras habituales de triunfalismo en ese discurso, que arranca a las 21.00 horas en Washington (3.00 am en la España peninsular) lo cierto es que Trump llega a este momento a la defensiva, debilitado y políticamente magullado. Y aunque el tema elegido para la intervención señala a EEUU en el año del 250 aniversario de su independencia como «fuerte, próspero y respetado», el mandatario acumula varios reveses, índices de aprobación en mínimos históricos (26% en la última encuesta de CNN) e incluso dudas expresadas por algunos políticos republicanos sobre su liderazgo, especialmente en un año de elecciones legislativas.

Para Trump ningún mazazo ha sido mayor que el que el viernes le dieron tumbando la mayoría de sus aranceles seis jueces del Tribunal Supremo, incluyendo el presidente conservador y dos de los tres magistrados que nombró él en su primer mandato. A diferencia de lo que hace con sus problemas circulatorios en la mano, no hay maquillaje que disimule el impacto de ese golpe. 

Aunque el presidente lleva cinco días asegurando que ha salido reforzado por la sentencia, algo que se espera que repita en su discurso, es un argumento que no se sostiene. Este mismo martes han entrado en vigor los aranceles que prometió en respuesta a la sentencia, pero han tenido que ser del 10% que dijo el viernes, no el 15% que anunció el sábado en Truth Social.

El varapalo del Supremo hace que la tensión sea máxima ante cómo va a reaccionar y qué va a decir Trump en su primer encuentro cara a cara con los jueces que votaron contra él que vayan al discurso (no siempre van todos). Y es impensable que esta vez a Roberts le de las gracias, como hizo el año pasado, cuando le dijo un “no me olvido” que se interpretó como un agradecimiento por la polémica decisión de 2024 en que se reconoció inmunidad prácticamente absoluta a un presidente por actos oficiales.

Pese a que se puedan esperar profusos aplausos y repetidas muestras de apoyo de los republicanos a Trump durante un discurso que se van a saltar al menos tres decenas de demócratas, que han organizado un acto alternativo, en las filas conservadoras hay nerviosismo y señales de las primeras brechas palpables con el presidente.

Esas fracturas se deben especialmente al impacto negativo que se teme que Trump puede tener en los resultados del partido en las legislativas de noviembre, cuando se renueva la Cámara Baja, un tercio del Senado y hay también elecciones estatales, incluyendo de 36 gobernadores.

Los demócratas van, según encuestas genéricas, con cinco puntos de ventaja sobre los republicanos para esos comicios. Y Trump, que tiene caídas pronunciadas entre independientes, lastra a los republicanos, al menos si se guían por estadísticas históricas del impacto de un presidente con menos del 50% de aprobación. Según una media de sondeos que mantiene Cook Political Report esa aprobación está en el 41%, 16 puntos por debajo del índice de suspenso. Hace un año esa brecha en esa misma media era solo del 2%.

Los republicanos han comprobado que entre muchos de sus constituyentes crece el rechazo o el desencanto con políticas del presidente que no responden a las promesas que hizo en campaña. En otra encuesta reciente de ‘The Washington Post’, ABC News e Ipsos, donde solo obtenía el 39% de aprobación, el 58% de los encuestados le suspenden en inmigración y el 57% en economía. 

En el primero de esos campos hay le lastra la agresiva campaña contra los inmigrantes en todo el país que ha puesto en el punto de mira la crudeza de agencias como ICE y CBP y la irresponsabilidad del Departamento de Seguridad Nacional (que está actualmente en un cierre operativo sin visos de solución). Son cuestiones que llegaron a extremos en Minneapolis con las muertes de Renee Nicole Good y Alex Pretti y que forzaron a Trump a realizar un repliegue, y aunque se puede dar por seguro que presumirá del control de la frontera o de supuestos logros en su promesa de deportaciones masivas, la realidad es que para muchos, incluso conservadores, ha dado golpes no deseados a comunidades asentadas, y no como dijo a “lo peor de lo peor”.

Es claro también que Trump se resiente de la frustración ciudadana con la falta de resultados económicos que se sienten directamente en el bolsillo y que poco tienen que ver con las marcas históricas de las bolsas a las que tanto le gusta referirse. Horas antes del discurso la secretaria de prensa, Karoline Leavitt, avanzaba en Fox News que el presidente iba a hablar de “asequibilidad”, el concepto que se ha hecho central en el discurso político y social y que ha latido tras victorias progresistas como la del alcalde Zohran Mamdani. Pero para comunicar sobre ello con credibilidad Trump va a tener que resistir su tendencia a proclamar que el concepto de lo “asequible” o “accesible” es “un timo” creado por los demócratas.

Trump, según ha avanzado también Leavitt, va a hacer énfasis en la celebración este año del 250 aniversario de la independencia de EEUU, algo que servirá para enfatizar su discurso patriótico y nacionalista y para apuntar al «excepcionalismo» estadounidense. Y hablará, sin duda, de las ocho “paces” que se atribuye y por las que se siente «adeudado» de un premio Nobel, o de la operación por la que capturó y sacó de Venezuela a Nicolás Maduro. En materia de política exterior, no obstante, se mueve también en terreno movedizo.

El discurso llega, por ejemplo, el mismo día en que se ha marcado el cuarto aniversario de la guerra de Ucrania, donde pese a sus promesas Trump no ha logrado frenar a Rusia y a Vladimir Putin. Y llega también conforme se dispara la tensión por un posible ataque a Irán, una acción que tendría consecuencias imprevisibles pero que parece más cerca que nunca, con un despliegue militar en la región inédito desde 2003 y la presión creciente de Israel a Washington. 

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