Como pas� con Alaska o Filipinas, quedarse Groenlandia se instala en una tradici�n puramente estadounidense: la de la expansi�n mediante la compraventa m�s que por la conquista

No es la primera vez que Estados Unidos se plantea comprar Groenlandia. Ya ocurri� en 1867, cuando el secretario de Estado de la joven rep�blica, William Seward, cerr� la compra de Alaska a la Rusia zarista por 7,2 millones de d�lares de la �poca. Groenlandia era el siguiente territorio en la lista de la compra de Washington. Pero la reacci�n en Estados Unidos fue tan negativa que el ministro del presidente Andrew Johnson abandon� la idea. Tambi�n porque ese mismo a�o Gran Breta�a hab�a concedido la autonom�a a Canad�, que era el verdadero objetivo de Estados Unidos ya desde los tiempos de la Revoluci�n. Y el argumento de que quer�an liberar al pa�s vecino del yugo ingl�s dej� de ser sostenible.

La operaci�n de Alaska se inscrib�a en una tradici�n puramente estadounidense: la de la expansi�n mediante la compraventa m�s que por la conquista. Y aunque la amenaza de las armas nunca estuvo realmente lejos de la mesa de negociaciones, lo cierto es que m�s del 40% del territorio estadounidense fue incorporado a golpe de d�lares, incluso cuando estuvo precedido por una guerra. En el siglo XIX, la t�ctica de la compra, incluso bajo presi�n, ofrec�a varias ventajas a unos Estados Unidos que a�n no eran una potencia mundial: evitar un conflicto con las potencias europeas, legitimar la anexi�n y reforzar la percepci�n del excepcionalismo, tan apreciada por la opini�n p�blica, convencida de que la colonizaci�n era cosa de europeos, mientras que ellos, los estadounidenses, eran liberadores o civilizadores.

Convencido de que Estados Unidos deb�a ser una naci�n de agricultores independientes, el presidente Thomas Jefferson, elegido en 1801, quer�a m�s tierras para poder asentarlos a todos. Ese fue el principal motivo de la c�lebre Louisiana Purchase, la compra a la Francia napole�nica de 828.000 millas cuadradas al oeste del Misisipi por 15 millones de d�lares, fondos que el emperador franc�s necesitaba con urgencia para financiar sus guerras. La operaci�n duplic� de un solo golpe la superficie de Estados Unidos, asegur�ndole adem�s el control del estrat�gico puerto de Nueva Orleans. La Louisiana Purchase dar�a lugar a la creaci�n de hasta 15 estados estadounidenses.

Controlada desde 1565 por Espa�a, pasada a manos brit�nicas en 1763 y devuelta a la corona espa�ola apenas veinte a�os despu�s, Florida se hab�a convertido tras la Revoluci�n estadounidense en un territorio sin ley, refugio de delincuentes, criminales y esclavos fugitivos. «Ninguna potencia colonial era ya capaz de hacer respetar la ley», explica el historiador H.W. Brands, profesor en la Universidad de Austin, en Texas. Adem�s, era motivo de continuas disputas territoriales entre Washington y Madrid. As�, tras a�os de negociaciones, el secretario de Estado John Quincy Adams logr� el golpe de su vida con la firma del Florida Purchase Treaty, por el que Espa�a ced�a Florida a Estados Unidos sin coste alguno, salvo el reembolso de unos cinco millones de d�lares en da�os reclamados por ciudadanos estadounidenses a Espa�a. La ocupaci�n formal tuvo lugar en 1821 y la admisi�n oficial como estado de la Uni�n, esclavista, en 1845.

Tras arrebatar por sorpresa la nominaci�n dem�crata en 1844, James Polk -de quien Donald Trump tiene un retrato en el Despacho Oval- fue elegido impulsado por una campa�a centrada en un programa de expansi�n agresiva. En la frontera norte adopt� una postura beligerante, muy similar a la de Trump con Groenlandia, bajo el lema «54�40′ o guerra», en ese caso frente al Reino Unido, reclamando para Estados Unidos todo el territorio hasta la frontera con Alaska, entonces rusa. Pero en 1846 se conform� con un compromiso en el paralelo 49, que le permiti� anexionarse Oreg�n.

En el frente suroccidental, Polk anexion� Texas, que era independiente, y fue a la guerra con M�xico, que no aceptaba la anexi�n. El conflicto termin� con la victoria estadounidense, la ocupaci�n incluso de Ciudad de M�xico, una negociaci�n muy parecida a la que Trump quiere imponer a Ucrania, y la cesi�n de m�s de 500.000 millas cuadradas de territorio, incluidas toda California con San Diego, Arizona, Nuevo M�xico, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming. A cambio, Estados Unidos asumi� la deuda mexicana y pag� 15 millones de d�lares. La expansi�n lograda por Polk fue la mayor de la historia territorial de Estados Unidos y «una de las mayores apropiaciones de tierras de la Historia», seg�n el historiador Hampton Sides, autor de un libro sobre la conquista del Oeste.

Como ya se ha se�alado, Alaska fue vendida por Rusia a Estados Unidos por 7,2 millones de d�lares, unos 120 millones a valor actual, por una superficie de m�s de 1,5 millones de kil�metros cuadrados. Decidida por el zar Alejandro II, agobiado por las deudas tras la derrota en Crimea, la Alaska Purchase fue mal recibida en ambos pa�ses: «liquidaci�n del pueblo ruso» o «p�rdida», para la intelligentsia moscovita; «la locura de Seward», para los estadounidenses. Pero si a�n hoy los nacionalistas rusos siguen lamentando el mal negocio, quienes se desdijeron muy pronto fueron los compradores, gracias a la fiebre del oro iniciada en 1897, que en pocas d�cadas report� a Estados Unidos cien veces la inversi�n inicial.

El mito de una Am�rica inmune al virus del colonialismo se hizo a�icos en 1898 con la guerra hispano-estadounidense, cuando las tropas estadounidenses ocuparon Puerto Rico, Cuba, Guam y, sobre todo, Filipinas, despu�s cedidas por Madrid a Washington por 20 millones de d�lares. En el archipi�lago, Estados Unidos impuso una administraci�n de tipo colonial, contra la que las poblaciones locales se alzaron repetidamente en armas, solo para ser reprimidas con violencia. Escarmentado por una experiencia costosa y dolorosa, el Congreso estadounidense empez� en 1934 a preparar el camino hacia la independencia de la naci�n asi�tica, concediendo primero la autonom�a y despu�s la independencia, que no lleg� hasta 1946, al final de la Segunda Guerra Mundial, tras un periodo de ocupaci�n japonesa.

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